Cara de acelga

Me dice un amigo que últimamente me ve muy cabreado, y que no lo entiende, que parece que las cosas me van bien, que en fin, que el mundo, sin ser de color de rosa, tampoco es para tanto.

Posiblemente lleve razón en las dos cosas, pero mi percepción de la segunda es la que mantiene cierto rictus de cabreo en mi semblante de natural sonriente.

Podríamos empezar por el entorno español, y no por la alta política, sino por aquellas cosas que afectan al común de los mortales en sociedades supuestamente ricas, como la española.

Tenemos, gracias a las grandes decisiones de los políticos a demasiados trabajadores, (de los que no consiguen trabajar ya ni hablamos), que están en el umbral de la pobreza, no pudiendo afrontar los gastos mínimos de supervivencia.

Sugiero entrar en cualquier portal de esos inmobiliarios, y tratar de encontrar un piso en los cinturones industriales de la Comunidad de Madrid, con precios por debajo de los ocho euros por metro cuadrado, es decir por menos de 600 o 700 euros. Si lo encuentran y está para vivir y sin trampas, me avisen, por favor.

Difícil pagar menos de cincuenta euros por los servicios de telefonía o internet, y elementos tan indispensables como luz y agua, fácilmente se te van a llevar otro tanto.

Claro que hay que ir a trabajar, y eso son otros cincuenta y pico del abono, que puede subir más si te pillan varias zonas de por medio. De coche no hablamos, ¡faltaría más!.

Se te acaba de ir a la mierda el salario mínimo, ese de los novecientos euros que parece está sacando adelante el gobierno, y aún no has comido, tú que estás solo, así que cosas como montar una familia, suenan a ciencia ficción, que la parienta va a llegar con un déficit como el tuyo, en el mejor de los casos.

Y como el nivel de los mensajes sinestros que recibimos insiste en que hay que ampliar la base de población joven, esa que ha de ponerse a trabajar, para así poder mantener los servicios sociales, las pensiones y todas esas cosas, hay que animar a la fábrica local de producción de infantes a incrementar resultados, tres por señora, o tres por pareja, que lo que importa es el tres.

Pero no hay forma, y no la hay desde hace demasiado tiempo, de uno y poco de media no pasamos ni de broma.

Pero, claro, frente a este suicidio social no estamos dispuestos a importar seres humanos que necesitan salir de las situaciones terribles que enfrentan en sus países de origen, qué va, ponemos barreras, concertinas, muros, no sé cuántas cosas más a cuenta de cualquier miedo que los hideputa de turno consideren adecuados insflarnos para levantar esas barreras.

Quizás habría que dar la razón a los vecinos de El Ejido, y echar a todos los emigrantes que trabajan en sus invernaderos en condiciones infrahumanas a sus países de origen, y consecuentemente cerrar el pueblo, que no los veo a ellos deslomándose en los invernaderos. No gusta pagar el precio de convivir con trabajadores pobres, fruto del abuso de sus patrones, es decir de ustedes mismos. Con su vox se lo coman.

Sí, me cabrea que solo seamos capaces de defender nuestra sociedad, por otra parte decididamente abocada a la desaparición, con muros, barreras, odios y discriminación a lo diferente mientras se nos llena la boca de llamadas a la democracia y a no sé cuántas mandangas más, que parece el tal concepto se aplica solo a nuestra comunidad de vecinos, menos al del tercero izquierda que es negro, al del bajo D que es gitano, y a la familia de chinos del ático. ¡Que se vayan a su tierra a chupar del presupuesto de su pueblo!.

En este mundo en el que parece que todo es global, no parece que estemos dispuestos a aceptar la globalidad del ser humano. Ese no es global, es local, y en su camino vital solo encontrará dificultades para avanzar fruto del miedo y del odio infundado, alimentado solo por intereses espurios.

Si se han dado ustedes cuenta, aquel término de “Aldea global”, que de forma harto näif se acuñó hace unos años parece que ya no es políticamente correcto. Y es que sensu estricto podría afectar a las soberanías de los países, podría afectar ¡ahí le duele!, a que en el pasaporte de todos, de absolutamente todos los seres humanos, figurase en “nacionalidad” el terrorífico concepto de “La Aldea Global”.

Nos encanta sacrificar seres humanos, es lo que mejor hacemos, que nos sale la ministra de la cosa, y nos dice que para alcanzar una prestación por jubilación deberíamos cotizar treinta y cinco años, y dejar el trabajo pasando a emérito a los sesenta y ocho, a los setenta, ¡Yo qué sé!.

Dígaselo, señora ministra, por favor, a todas aquellas compañías que no contratan a mayores de cincuenta (el Estado incluído), a todas aquellas que ponen en la calle a los que han cumplido esa edad, a los que juegan con vidas y esperanzas, uno a uno, cara a cara, o en caso contrario resuelva el dilema a la mayor brevedad, que dinero hay, lo sabemos todos, y usted como nadie.

Deje, por favor de asustar a la gente a lomos de la incompetencia suya y de los de su clase, de los de su casta, y cuadre el círculo o marche a su casa, sin salario, sin pensión, como quiere usted dejar a sus conciudadanos.

Sí, estoy cabreado, y no quiero utilizar lo de indignado, que no se me confunda, con ese cabreo hispano, profundo, fruto de generaciones soportando gobernantes inútiles en el mejor de los casos, y rufianes en el peor de ellos.

Mi amigo lleva razón, se me ve tenso, y al abrir los informativos y ver soldados casi niños destripados, ver las cloacas en las que reina, o reinaba ese ex policía, perejil de todas las salsas, ver las posibles implicaciones de las cúpulas directivas de la gran banca por mantener su poltrona, e insistir de nuevo en esa aparente corrupción que hasta la universidad ha llegado, me agría el gesto.

Y todo eso sin hablar ni de Venezuela ni de mi Catalunya.

Ya llegará

 

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