Comerse al arte

Recuerdo entre brumas, que uno se va haciendo mayor y las neuronas dan de sí lo justo, aquel libro de Laura Esquivel, “Como agua para chocolate”, y desde luego, lo que sí ha quedado en mis tripas es que al final, delante de una obra de arte nuestro ser debe experimentar sentimientos, los que sean, pero debe experimentarlos.

No te digo, si como en la obra de doña Laura, te está permitido comerte la obra de arte, con lo que en esa fagia no solo se excitan las papilas gustativas, sino la vista de lo que tienes delante, el olfato que debe llenarse con los aromas que el esfuerzo del artista ha incluido en su todo, el oído al desgajar el alimento, y el tacto, el tacto que no solo está en la punta de los dedos, que te está esperando en los labios.

Pero no todos los artistas son capaces de dirigir las sensaciones a un objetivo concreto, unos se quedan en la excitación que de la vista producen las artes plásticas, o la excitación auditiva que te aporta la música, quizás, si el artista ha concebido su obra para además de observada emita sonidos y pueda tocarse, la cosa gane en enjundia, pero difícilmente puede pasar de esos tres elementos sensoriales.

Pero doña Laura nos lleva al mundo del arte concebido para hacer llorar, para enamorarse, para perdonar, para desear, para curar, para….que solo acaba con la destrucción de la obra de arte al pasar a ser parte del sujeto para quien se diseñó. Un lujo, un verdadero lujo, solo al alcance de pocos iluminados, de gente dotada del toque divino.

Y ya que digo divino, quizás, sin llegar a los terrenos que doña Laura nos cuenta en su libro, el vino sea otra de esas artes que excitan todos los sentidos, aunque aún no he podido degustar el que me haga tener sentimientos específicos, previamente presumidos por quien elabore el vino que los eleve.

Lo más a lo que se puede aspirar es a la sorpresa de a ver qué voy a sentir, que no es poco si esa sensación es elevada, o te hace pensar en el origen de las amalgamas de olores, sabores, texturas, colores, sonidos que en el acto de fagocitar la obra puedan llegar a ti, y el proceso de que esos sentimientos puedan aflorar es lo que hace que esa obra de arte fagocitada, sea individual, inolvidable.

Pero esa obra maestra despertará sentimientos diferentes a diferentes personas, no está mal, sin embargo, ese arte de la protagonista de “Como agua para chocolate”, era el de transmitir sus sentimientos a través de su obra culinaria, y hacerlo reproducible.

Soy de los que piensan que la comida, que la bebida son elementos artísticos, y no es mala cosa acercarse a ellas con el espíritu de encontrarse con el espíritu, los sueños, los afanes que puede haber detrás de una copa de vino, o de una bandeja de alimentos.

Y desde luego, hay malos artistas, artistas mediocres, artistas buenos, artistas excelentes, y genios.

Por razones que no vienen al caso, me he enfrentado de nuevo con el Señor Concha y Toro, industrial chileno que viajó a mitad del XIX a Burdeos para recoger unas cepas de Cabernet-Sauvignon, llevarlas a su finca y así crear un vino chileno.

Por lo visto cuando empezaron a tener una producción decente, el Señor Concha y Toro, guardaba la parte que le parecía mejor de las cosechas en una zona para uso de la familia y los amigos.

Los robos empezaron a incordiar al buen hombre, y todo lo que se le ocurrió fue empezar a hacer correr el hecho de que el Diablo estaba en aquella parte de la bodega como guardián de las obras de arte que allí descansaban.

Parece que la cosa funcionó, aunque lo que si funcionó, fue que “casillero del diablo” se ha convertido en una de las más famosas marcas de vino del mundo…así, que haberlas haylas.

Es pues esa concepción de obra de arte la que busco de vez en cuando en mi copa o en mi plato, que aunque no sea de recibo rechazar la artesanía cotidiana, de vez en cuando, no está mal ir a comerte una pieza de museo y regarla con otra.

Yo no sé qué dirá la historia de los talleres de artesanos, o artistas que empiezan a cubrir el mundo, haciendo de un acto tan simple como el de alimentarse, algo tan complejo como el hacer sentir de forma especial a los humanos.

Y pienso en los grandes talleres de cocina que andan siempre a la greña por ver quién es el número uno del mundo, que si danés, que si catalán, que si japonés…(los franceses, ya se sabe, abusan de la mantequilla, y los italianos de la pasta y el risotto), y en sus platos pueden ofrecernos obras que van desde el grafitero al más barroco de los artistas, o al abstracto, al que busca solo esencias, al que solo fotografía y no elabora (no la toques más-así es la rosa), al aprendiz de brujo, y al que solo pinta paisajes de su pueblo o navega por las músicas de su parroquia en exclusiva.

Siempre es grato descubrir el arte en fogones y en bodegas, aunque no sea necesario el encontrarse cada día con obras maestras, que parece que hasta hay un síndrome del visitante de museos que acaba atorándose de tanta maravilla agolpada, que una a una y de forma espaciada alimentan el espíritu, y en tropel acaban agobiando.

Pasaremos pues a intentar recordar los colores que el personaje que nos describe Laura Esquivel pone en su arte, aquellos pétalos de rosa que caían en el asado, aquellas lágrimas de desamor que se vertían en el postre, aquella melancolía que añadía a la hoja de romero de la salsa y que acompañaba con recuerdos de su abuela.

Me quedaré con el cariño del Señor Concha y Toro por su casillero que era la obra de arte que deseaba compartir con los suyos, me quedaré con los recuerdos de los sabores, de las texturas, de los olores, de los colores, y de los sonidos de las copas, las porcelanas y los cubiertos que volaron por la mesa algún día del que ya no me acuerdo, porque esas sensaciones deben ser atemporales.

Mojen en la salsa, y apuren las copas

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