¡Copión!

Mis amigos, que no son unos atorrantes, como ya he dicho muchas veces, de vez en cuando me sorprenden con historias que uno, en su ignorancia jamás se hubiera planteado ni siquiera como posibilidad lejana.

Y uno de ellos, el otro día me suelta, sin despeinarse, que el tal Ludwig von Beethoven le plagió directamente y sin cortarse un pelo, el himno a la alegría a Wolfgang Amadeus Mozart.

Uno va, se pone a buscar, y efectivamente, el Misericordias Domini, Köchel 222, es el original y el Himno de la Europa Unida, (mal pegamento usamos, por cierto), un burdo plagio.

La que se hubiera liado hoy, no quiero ni pensarlo, y la tinta que los periódicos hubiesen lanzado, ni lo cuento.

Vistas las cosas con la perspectiva de los siglos, nos damos cuenta de que al final, nada hay nuevo bajo el sol, y que la evolución del hombre está, quizás en el desarrollo de la tecnología que va apareciendo, pero nuestros sistemas de comportamiento están más que anclados en nuestro ADN.

Nos gustan las trampas, nos gusta apropiarnos de lo que no es nuestro, que las casualidades no existen hasta esos extremos.

Y en el fondo me parto de la risa, y es que andamos toda la vida intentando hacer colecciones de cromos para que nos admiren en la tribu, y nos equivocamos.

Como dice otro de mis amigos, en la tribu, al final, la aceptación de verdad está en la calidad de nuestro corazón y en nuestras obras. Pero de eso nos damos cuenta, a veces cuando ya somos mayores.

De veras que daría lo que fuese, siempre dentro de un orden, por saber qué es lo que incitó a Beethoven a incluir parte de la obra de Mozart en su abrumadora Novena Sinfonía. Cierto que el trozo escogido es maravilloso, y seguro que lleva escondidos mensajes de esos que solo a unos pocos iniciados les son permitidos descifrar.

No lo sé, Mozart muere en 1791, y la Novena se compone en 1824, aunque parece que desde 1793 ya expresó el deseo de llevar a la música el poema de Schiller, en el cuarto movimiento de la Novena.

El Ofertorio del Misericordias Domini, K 222, está compuesto en 1775, aparentemente estrenado en Münich…cincuenta añitos de por medio, seguro que nadie se da cuenta.

Y los cultivadísimos padres de Europa nos lo colocan de himno. Bien por ellos.

Corta y pega, que si lo hace Beethoven, me da la sensación de que bien pueden intentarlo nuestros aguerridos doctorando, nuestras aguerridas aspirantes al “Magister”, y nadie tiene derecho a piarla, que la mano habrá de levantar quien no haya tirado ese tipo de piedras en su vida.

Por cierto, como bien he dicho la liebre no la he levantado yo que ha sido un Catedrático Jean Monet quién me lo hizo saber, y las referencias morales vienen de un fantástico actor de éxito.

No sea cosa…..

No voy a extenderme mucho más sobre el tema, simplemente quiero seguir algo más con la reflexión a la que me lleva el hecho del plagio como arma económica, y en este caso voy a intentar explicarme un poco.

Mozart, parece ser que fue de los primeros músicos que vendía su obra para ir tirando, y Beethoven, también. Lo que no sé es si el bueno de Don Ludwig compró esa partitura en Viena con motivo de su acercamiento a esa ciudad y a su cultura musical. No sé si lo hizo, ni sé cómo entró en contacto con la misma, en qué condiciones, con qué derechos. No lo sé, y cómo no soy juez, y además soy lerdo en música y en historia, me permito la osadía de comentar el hecho desde un punto de vista no profesional, solo desde la curiosidad de alguien a quien ambos creadores han dado momentos maravillosos a través de su obra.

Y no puedo evitar volver de nuevo a lo que tiene de mezquino el “Corta y pega” no declarado, y que quita al verdadero creador su gloria, es mezquino y rentable.

Pero realmente lo que importa es que la obra de Beethoven sigue ahí, concierto sobre concierto, sinfonía sobre sinfonía, y que demuestran un genio y una grandeza inmensos. No creo que sin la inclusión en su Novena del trozo mozartiano, su sinfonía hubiese sido peor, o su carrera mediocre. No es eso. Es la motivación de hacerlo lo que me intriga.

A lo mejor son cosas de la sífilis, o del saturnismo, que le llevó a confusión. O una laguna de creatividad, o un reconocimiento intencionado a la música de Mozart del que hemos perdido su constancia.

No lo sé, lo que si sé es que demasiadas veces creemos que la obra del vecino en mejor que la nuestra e intentamos copiarla de alguna manera. Nos quedamos habitualmente en la copia del gesto, con la consecuencia de que le restamos alma a nuestra propia obra, nos hacemos vulgares hueros.

Por cierto, que en el estreno de s Novena, en Viena, nada menos, con dos cojones, Beethoven que andaba ya sordo del todo, no las tenía todas consigo en lo relacionado a la aceptación de su obra, que anduvo más que tenso hasta el final.

Hoy en día con tanto Spotify, y con tantas redes sociales conectadas a la Sociedad de autores, y los software anti plagio, no hubiera colado la cosa, vamos que sale en los papeles, fijo.

Pero en la Viena del siglo pasado, la cosa coló, y lo peor de todo es que también se la colaron a los políticos europeos, que en su afán de buscar un himno decidieron navegar por la cultura alemana, que no está mal, pero mira lo que pasa.

La próxima vez, nos ponen de himno el “Va pensiero” o el preludio de La revoltosa, y eso ganamos, siempre que Verdi no le haya copiado la muusiquilla a Monteverdi por ejemplo, ni Chapí a Cabanilles.

¡Hala!….¡Vaya tela!

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