El click, la firma, y la página de contactos

 

Daba esta mañana la radio na de esas noticias que nada tienen que ver con lo de la dolça Catalunya, que nada tienen que ver con nuestra Cristinita yo no he sido, que nada tienen que ver con Tito Trump y sus misiles contra el omeya, y la verdad es que me ha hecho gracia.

Parece que un juez italiano ha aceptado que el hecho de que el miembro de una pareja se haya apuntado a una de esas páginas de contactos, aunque no haya tenido ninguna cita, es motivo suficiente para considerar que comete adulterio, (no sé en qué grado, pero adulterio).

De repente se me ha ido la cabeza a la dulce Italia, y a la cara de Vittorio de Sica, esa de no haber roto un plato en su vida, y sus relaciones con la Loren, la Lollobrígida, con Mastroianni, en aquellas películas de mi infancia que apenas entendía.

“Pan amor y celos”, “Pan amor y fantasía”, “Matrimonio a la italiana”, donde el juego de los “mascalzoni” unidos a la pobreza de la posguerra, y a la incipiente recuperación de una Italia destrozada, donde por fin alguien se podía comprar un pisito, una Vespa, o una Cinquecenta, tratados con la ironía de aquel gran cineasta nos dejó una visión de una época y de un país tan parecido al nuestro, que si no fuera por el acento, no distinguiríamos,

Los sicilianos, si te veían cogiendo la manita de la ragazza iban a por la lupara, te la ponían en los riñones y a ver al padre Francesco, que el honor de la fanciula era lo primero. ¡La familia, ay la familia!.

Y hoy, ya ves, las cosas van a golpe de click, que es que con el feminismo triunfante, nadie se atreve a darse la vuelta en redondo cuando pasa una de esas señoras que paran el tráfico, que se te echan encima las arpías de Podemos o las meapilas de Ciudadanos, por lo menos, con lo que sumimos a la señoraqueparaeltráfico, en la confusión ya que ignora si el efecto que quizás buscase tras un par de horitas en el tocador ha sido el correcto, y el al cristiano que ve acercarse al monumento diseñando técnicas de visualización lo más indetectables posible, como grabar con el móvil en modo selfie, y ya se observará la cosa en casa….o no.

En cualquier caso ni la señoraqueparaeltráfico, ni el señor buscando la más disimulada de las fórmulas observatorias serán, creo, tachados de adúlteros contemplativos, que a mí no me parece más que un juego si la cosa no pasa de ahí, que ya los contactos verbales o físicos, son otra cosa. Ya veis, mi línea roja, que a las obras de arte solo se las toca con el consentimiento del propietario.

Pero lo de los cuernos virtuales, ¡madre mía!. La película que habría hecho De Sica, con esos elementos, que además no sé dice en la noticia si fue la propia señora, usando la clave familiar de la tableta del salón, la que creó el perfil del marido mientras el pobre andaba de ruta a vender puntillas por Urbino. Que cosas más enrevesadas se han visto en esa tierra de Maquiavelo.

Pienso que a lo mejor la señora podrá disfrutar ahora de la pensión de divorcio que el juez marcará como castigo del sátrapa insaciable, y gastarla alegremente con el frutero que andaba tirándole los tejos desde hacía unas semanas, y con el que urdió el plan.

Y es que las cosas ya no son lo que eran, y el maldito click nos va a amargar la vida, que vendemos nuestra alma al diablo con un click debajo de contratos que ni para la hipoteca del pisito en Moratalaz, o en la romana EUR.

Vendemos el dónde estamos, el con quién estamos el qué me gusta, el qué no me gusta, el número de nuestra cuenta corriente, las claves de nuestras tarjetas de crédito, las fotos con Chuchita y con Borja Mari, las caras de nuestros vástagos, y los más imbéciles son capaces de vender hasta el revolcón que se dieron con el primito de Badostain o con la primita de Winstestain, que da lo mismo.

Decía el pollo ese que es dueño de lo de caralibro, que bueno, que tienen los perfiles de quienes se los han dado, y ¡ejem!, alguno millones de los que han trincado por ahí en plan ful.

Y mientras tanto la Humanidad a golpe de click vendiendo el alma al diablo en los momentos de ocio, que cada vez son más, ahora que caigo, y tu pareja, la del amor eterno, celosa perdida porque te estás dedicando a ver qué dan de sí los que andan por las páginas esas de “get in touche, and find the eternal love”, que como todo el mundo sabe, dura lo que dura, dura.

En fin, que me parto, que echo de menos un asesor legal que sujete mi mano cada vez que voy a darle el visé a la casilla de condiciones de contrato para ver a cuanto salen las sneakers en esa página tan molona donde dicen que las venden baratitas. Y es que lo reconozco, jamás he leído no de esos contratos de las condiciones que asumes con el click, que por cierto puede haberlo hecho cualquiera en tu nombre.

Y es que para la hipoteca del pisito en Moratalaz tienes que sentarte delante de un notario que te explicará los pormenores de los riesgos que vas a correr, y el pantanal en el que te adentras. Sin embargo, a la hora de vender tu alma al diablo a cambio de nos espejitos de colores, nada, nada de nada, un solo click basta.

Ni a Mefistófeles se le habría ocurrido una tal jugada, y Fausto seguro que si la propuesta le hubiese llegado por una web de contactos, habría dado al click, sin leerlo, sin pensarlo, y ahorrándose la sangría del brazo izquierdo requerida para firmar el documento de cesión de alma.

Pero así andamos, que firmamos con un click, y tan contentos que es lo mismo, total la gleba solo sirve para que los señores mantengan su poder y su estatus. La vida es así, si no tenemos que pensar, y si se nos da el espejito mágico hacemos cualquier cosa, sin notario, y desde luego seguiré pensando que el maldito click es más dañino que las famosas preferentes, que los contratos hipotecarios, hasta más dañino que lo de Sofico o los sellitos vallisoletanos.

Recordemos el valor que le damos al tal click, y pensemos con qué facilidad nos vamos a convertir en adúlteros virtuales, que mira que es cutre la cosa.

Con su click se lo coman

 

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