El Gigante y los dioses

Viene uno tranquilamente de darse un paseíto turístico por el Bósforo, y de pronto se da cuenta de que eso del Diluvio Universal, a lo mejor tiene más enjundia de lo que parece. No lo sé, pero entre los que mantienen que un calentamiento hizo trasvasar las aguas del este al oeste, o los que dicen que cayó del cielo, o incluso aquellos que se apoyan en las epopeyas sumerias, y posteriormente hebreas, o hasta mayas, que el Popol-Vu, parece que también anda húmedo, para convencernos de que algo desde los olimpos cayo como castigo sobre los hombres, uno no sabe a qué carta quedarse.

Los Anunnakis, aquellos hijos de Anu, hijo de Marduk quizás mostraron un cierto arrepentimiento cuando vieron la destrucción que habían causado entre los hombres, o así quiero recordar que se menciona en las tablillas de Gilgamesh. Cierto que el arrepentimiento vino por algo demasiado prosaico, y es que sin seres humanos, nadie les hacia sacrificios, y pasaban más hambre que el perro de un barbero.

Pero estas aguas que lo cubrieron todo, al parecer, llevaban su simbología, que los héroes, los gigantes, tenían que cubrir sus viajes iniciáticos como un Percival cualquiera, que no vale ser un lascivo y adúltero Sir Lancelot, que el Grial, sea lo que sea, solo se alcanza tras entender las pruebas a las que se somete al hombre puro, y los gigantes eran unos verdaderos borricos aburridos.

Tremendo, y es que cuando uno, siempre en medio de su paseíto por el Bósforo, se pone trascendente y le da al cacumen, no puede evitar recordar que un poquito más abajo, en el último estrecho, Dardanelos, antes de que Mármara se haga Mediterráneo, aquellos gigantes de la Ilíada, andaban a la greña por una tal Doña Elena, ¡uy!, que ahora no sé si ponerle la H, que así me sale casi Hellas y la cosa de las bofetadas troyanas empieza a tener enjundia. Claro, eso bajando a la izquierda, que a la derecha todavía huele a muerto la masacre de Gallipoli. Cosas de la Historia que nos cuentan.

Pero bromas incluidas, lo que me sale es que un cabestro del tamaño de Gilgamesh, dedicado con todas sus ganas al desvirge ritual de toda hembra que se moviera en su reino de Uruk, debe realizar su viaje  a por los cedros del Líbano, y sé de buena tinta que a lo mejor las construcciones de Baalbek algo tienen que ver con su viaje iniciático.

Pero siempre llevaba a un amigo de la mano, Endiku, diseñado como enemigo y freno a su brutalidad por los dioses. Pero como los matones de barrio, si no puedes con el nuevo chulito, te haces amigo suyo, y la liáis mas gordas. Son las cosas de los héroes, que Aquiles llevaba a Patroclo, hasta que se lo matan de mala manera. Y Aquiles el casi inmortal….bueno, leed la Iliada, que sois mayorcitos.

El rey de Uruk, el gran Gilgamesh, tiene su compañero Enkidu, con quien realiza su viaje en busca de la inmortalidad, que nosotros siempre, en primera instancia la interpretamos como esa cosa tan aburrida como debe ser el no moverse hacia el Oriente eterno de ninguna manera, y ellos me temo que buscaban algo que trascendiera fuera del ámbito físico.

Por cierto, el viaje de Gilgamesh y Enkidu, una vez superadas sus diferencias personales, termina con la muerte de Endiku, que Isthar no llevaba muy bien la amistad de estos dos pollos, por mucho que a Enkidu se le creara a la forma y manera de Adán, a base de arcilla y soplo divino. Celos de la diosa del amor, y origen del castigo que los dioses se empeñan en poner siempre a los humanos, a los semidioses, o a los gigantes.

Y el castigo de los dioses a Gilgamesh es ver la muerte dolorosa de su amigo, y hacer crecer en él el deseo de la inmortalidad.

Los semidioses se aburren, y por eso son tan brutos, por eso las lían parda, y por eso los dioses tienen que castigar sus pecados de soberbia.

Y si no ved los doce trabajos a que Heracles es sometido por haber asesinado a su familia, o el castigo a Sansón, el puñetero filisteo, encadenado, humillado, y tratado peor que a un animal, por chuleta de barrio.

Claro que en sus viajes, deben acabar con el Toro de las tempestades, el Diluvio, vaya, y tienen que apoyarse en un humano y en la esposa de éste, que son los dos únicos seres que se salvan del desaguisado, el bueno de Utnapishtim, (es más fácil Noé).

El tal Utnapishtim dice al requerimiento del rey Uruk, nuestro buen Gilgamesh, que de darle la inmortalidad, nada, que ya la pifió una vez dándosela a un humano, y no se habrá de repetir, como no volverá a caer otro diluvio. Mal segundo viaje.

Sí le indica donde hallar la planta de la juventud, pero se despista Gilgamesh cuando ya la tenía en su poder, después de haber bajado al fondo del mar, ¿el Hades? y una serpiente se la quita….así que mal tercer viaje, y la serpiente cambiando de piel para rejuvenecer a conveniencia. Y es que si los dioses no quieren, no quieren, y punto.

Tu cuarto viaje es íntimo, es la aceptación de tu destino, y tu quinto viaje es la muerte…querido compañero.

El final según ciertas fuentes lo encontramos con el suicidio de Gilgamesh, que se entierra con otras ochenta personas, en plan secta destructiva americana, y dejamos eso de la inmortalidad como atributo de los dioses, y san se acabó.

Hay otros que dicen que fue enterrado bajo el Éufrates, tras desviar su curso, o que simplemente acabó sus días en su magnífica ciudad de Uruk.

Como decía los héroes, los gigantes, los semidioses, andan siempre tras la inmortalidad, y sus genitores le ponen tareas, como al pobre Heracles, que me lo llevaron por la calle de la amargura, matando leones, separando continentes, cortando cabezas de Hidras desbocadas, y deshaciendo entuertos como un Don Quijote cualquiera, claro que debía pagar el crimen que cometió contra su familia.

Doce viajes, doce pruebas superadas, y varias penitencias, y una muerte tonta por un quítame allá esa hembra, y es que el centauro tenía muy mala uva.

¡Ah!, y siempre un compañero de viaje que aquí fueron dos Hilas y Yelmo.

Andar por tierras de paso, trae estas cosas, que uno se cree una especie de Jasón, que también es viajero, que también busca su Grial en forma de carnero, o se siente uno como Orfeo, en su viaje fallido al Hades, del que vuelve sin su premio, el de su amada Eurídice. Siempre un viaje, siempre un Grial en la forma que se quiera, siempre un fracaso, a no ser que seas un aburrido ser puro, un Percival.

Lo que los dioses se empeñan en dejar bien claro, es que los humanos no hemos conseguido aún el carnet de dioses, y quien cree serlo pasa por duras pruebas que concluyen con la muerte de una u otra forma del héroe. El Olimpo tiene “numerus clausus”.

No me apetece ser un Semidios, ni un Gigante, no, dejaré que sea Ulises el que vague por el Mediterráneo sin un destino, y que pague en esa áspera moneda de no estar con su Penélope, su astucia, sus engaños, su manipulación. Su penitencia, el viaje, su prisión en brazos de Circe, y su llegada a casa al final de la vida.

Prefiero el ser mortal que se me ha concedido, repleto de imperfecciones, y en busca de mi perfecta excusa diré aquello de que “Rien de ce qui est humain n’est honteûx”.

Así, que ya saben…

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