El libro del verano

Ayer acabé con el último de los dos best-sellers que este verano me he trasegado, con el tercero sinceramente no pude.
Esto me reconfirma, que aunque todos los años digo lo mismo, es una literatura que, con todos mis respetos, me supera por esa característica tan suya de asemejarse a hojas de parra secas, molidas, mezcladas con algo de grifa, liadas en un papel de esos de librillo que vuelven a estar de moda, es decir, son infumables, aunque los prendas.
Empecé por ese que parece ser el nuevo descubrimiento de la literatura, el tal Jöel Dicker, y me tragué sin despeinarme sus dos últimas cosas (de las tres que ha publicado), y que corresponden a El caso de Harry Quebert, y El libro de los Baltimore. Con Paula Hawkins y su espolvoreada Chica del Tren, definitivamente no pude, y eche de menos el formato papel, porque me hubiera preparado con ambos tres una olla aranesa “amb pilota occitana”, que no se la hubiera saltado ni Pepe Carvalho.
Pero seguro que alguien se pregunta la razón de por qué me embarco en estas aventuras, cuando uno todavía no se ha aprendido de memoria, digamos, el poema del cuervo de Poe, y ya ando enmierdado con las calles de Baltimore, según la visión de un muchachito suizo que vive entre montañas y que escribe en francés.
Había leído unas críticas, que para enfrascarte en estas historias, y seguir el canon pre establecido, hay que leer las críticas, (que los muchachos de mercadotecnia tienen que ganarse las chuchas), no demasiado favorables, hablando de que el bueno de Don Jöel, hacía trampas en los libros, y ciertamente algo de eso hay, pero no voy a desanimar a la peña, aunque siempre mantendré, que con todos mis respetos, los suizos, después de veinte siglos más o menos pacíficos entre valles, lagos, y montañas….de mantequilla, todo lo que han aportado a la humanidad son cajas de guardar dinero, el chocolate con leche, y el reloj de cuco, con lo que no debía esperar gran cosa.
Reconozco, que llegó un momento en que tuve que leer la cosa en diagonal que se me venía encima el apechusque y el agobio del aquí no pasa nada, que esto es una historieta de adolescentes, y que hay que llenar quinientas páginas como sea en el segundo libro, y espérate que cuando crees que ya has pillado al malo resulta que todos se equivocan una y otra vez, en el primero.
Cuando abrí La chica del tren, escrito por una inglesita, que estos ingleses son como los de Bilbao, que nacen donde les sale de los cojones, y esta nació en Salisbury, allá por esa Rhodesia, que ha devenido hoy en Zimbawe, uno de esos no países que andan en las geografías. Y aunque a una la peinen luego en Oxford, pues sale lo que sale.
Uno después de haber encontrado en la literatura de entretenimiento inglesa cosas tan distraídas como las de la Señora Christie, o P.D. James, o incluso a veces doña Rowlands, sin olvidar a los caballeros, como aquel Chesterton que me hacía pasar tan buenos ratos en mi adolescencia con su Father Brown.
Así que me lanzo sin paracaídas y me encuentro con una señora en paro, que coge todos los días el cercanías, (que aunque parezca mentira son diez veces más cutres y diez veces más caros que los ”rodalies” de mi pueblo), y me digo….de glamour mal vamos, que en el Orient Express, cenaban de frac y el champagne se servía frío.
Luego veo que la tal muchacha se me pone a mirar por la ventana, que debía estar más sucia que la gutapercha esa que los ingleses de hoy día usan lo mismo para un tapizado, para una moqueta, o para unas cortinas.
Y digo yo…ni ve pasar los Alpes justo antes de llegar a Viena, ni el puente es sobre el Danubio, y al final del viaje le espera una habitación compartida con vistas a la M4, que el Pera Palace no se hizo para ella.
Claro con estos mimbres cutres, a lo que te enfrentas es a una historia de mucama con título universitario, que se come el tarro influenciada por la última telenovela.
Lo único que entiendo es que se diera al alcohol barato, (aunque eso es un eufemismo en U.K., que al precio que va el sixt of a gill, emborracharse sale por un pico, aunque sea con Beaujolais), que la echaran a patadas de casa, (sin tocarle un pelo, por supuesto), y que se hiciera un mundo con el chafardeo desde su atalaya.
Seguro que a partir de ahí la novela alcanza cotas de obra maestra, pero uno a la tercera pasada obsesiva por el “Attached House” de sus personajes medio imaginarios, y a la segunda potada como consecuencia de una mala borrachera con algún aditamento opiáceo, consideró que su obligación bestselleriana de este verano había tocado a su fin.
Y como no iba a meterme con Schiller y su Guillermo Tell, para compensar lo del suizo, ni me iba a poner a releer a Richmal Crompton y a su William Brown, para lo de la muchacha rodhesiana, he decidido ponerme trascendente para desengrasar, y así un poquito Chretien de Troyes, y otro poquito Sir Thomas Mallory, que eso sí son aventuras, que ríete de Indiana Jones, y si necesitas símbolos que no sean los de una gasolinera de pueblo americana, ni la vida a través de la ventanilla sucia de un tren de cercanías inglés atravesando las fábricas del Thames valley, allí los tienes todos, desde el camino de la perfección, hasta la llegada al Nirvana, sin olvidar las miserias del camino. Jugar a la Oca se llama también.
Claro que este ejercicio, cuando vuelva a sentarme en el vagón de metro correspondiente, y en vez de mirarle el escote a la señora que se me siente al lado, miraré a ver si está enfrascada con uno de estos, y entre Santo Domingo y Príncipe de Vergara, si no se me baja en Vodafone, le hago un retrato psicológico que ni mis amigos seguidores de Freud.
Ya sé que no sirve para nada, pero tampoco sirve para nada que cada día salga un político capullo a explicar a un periodista aparentemente sesudo el por qué de la posición de su partido, a través del último mantra surgido de su ejecutiva, o por qué no dejan al pobre Akiito que se muera como un hombre, sin tener que cambiar la constitución japonesa, o que a estas alturas de la película digan que Donald Trump, está “tocat del bolet”, (vulgo castellano parlante,”como una chota”).
A lo mejor son cosas de jubilatas creídos, y no hago más que emular, en mi modestia a la chica esa del tren, cutre ella, y cutre el tren, ya que el metro de Madrid, o la línea uno del transversal de mi pueblo, tampoco dan para mucho más. Es la consecuencia y la huella del best seller.
Así que, lo dicho, me pongo con Mallory y con Troyes, mientras en los Bose “noise cancelling” escucho ese bonito disco de la Bartoli, Sacrificium, y me alegro de que para sobrevivir, no me tengan que cortar las pelotas.
Buenas noches, y buena suerte

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