El tiburón toro

Estos calores caniculares me recuerdan a uno de mis paseos por Brasil, tierra compleja donde las haya, tanto que no me atrevo a decir esa bella tierra, ya que el hombre es parte del paisaje y aquí el hombre, el ser humano es, en su mayoría la parte triste del paisaje.

Y quiero rememorar uno de esos momentos que no se le olvidan a uno, paseando por la playa en Recife, una de esas playas integradas en la ciudad, como Copacabana o la Barceloneta, sin ir más lejos, donde la gente estaba disfrutando del día, o de un rato del día.

Que había de todo, como tiene que ser, los que estaban allí en plan “me he escapado una horita a pegarme un baño”, hasta los que parecía que vivían allí. Unos jugando a fútbol ¡Cómo no!, o tostándose, a pesar de tener tonos de piel entre mulato y negro, que la provitamina hay que pillarla, y el cáncer de piel, también.

Otros en el agua, como debe ser en una playa, claro, siempre y cuando no tenga carteles cada diez metros donde te avise de que hay tiburones toro en la zona, y que por lo visto muerden a la que te descuidas.

¡Ya pero no hay problema!, me dice una garota, que aunque no era como la de Vinicius y Antonio Carlos, para la información ya me valía:

-Las autoridades exageran.

Y fue dar una de esas miradas displicentes que tan bien me salen a mi alrededor, para ver en lo que me alcanzó el gesto, no menos de cinco personas con mutilaciones graves, y uno con unos costurones en la espalda que cortaba la respiración.

Y ahí pensé, esto es Brasil. La gente en la playa, jugando y bañándose, ignorando, a pesar de las advertencias del peligro que les acecha si meten un pie en el agua.

Un entorno paradisíaco, que, luego me enteré, la desidia de la administración, la ignorancia, y posiblemente la codicia de algún empresario, había sido uno de los responsables de que ese peligro estuviese acechando a los ciudadanos.

Y es que el tiburón toro, tiene la mala costumbre de poder vivir también en aguas dulces, mire usted, y en un río que desemboca al sur de la ciudad, se construyó un matadero de reses, para las barbacoas de Rodizio, digo yo.

Y como no les venía nada en el libro de procedimientos, decidieron tirar directamente al río sangre, y vísceras sobrantes, con lo que el tiburoncete dijo aquello de “a bodas me convidan”, y sentó una colonia bien alimentada, que se dedica ahora al noble arte de llevarse por delante a cualquier bañista que se descuide.

¡Ah!, y además por error, que a estos toros no les gusta la carne humana. Vamos que los habitantes de Recife son eso que ahora se llama “víctimas colaterales”.

Y el paisaje brasileño, en esa mezcla de política, empresariado no demasiado escrupuloso, sol, juventud, falta de formación en amplias capas de la sociedad, riqueza mal repartida, lo que acaba ofreciendo es un panorama en el que hay que buscar la salida a la vida diaria con la mayor carga de diversión posible, aunque se te lleve por delante un tiburón.

Ya sé, mis queridos lectores, que todos ustedes captan el matiz de que estoy en medio de una generalización apta para que quepa en ella cualquier comentario, crítica o desacuerdo, pero ¡coño!, algo tendré que decir en mi bitácora, que a los de Podemos a lo mejor no les ponéis verdes con el rollo populista, y yo aunque no sea como ellos no soy menos.

Baremboim se me acaba de colar en el aparato de música, y aparece, venida del cielo, esa Manha de carnaval, y de nuevo esa tristeza en medio de la celebración de la fiesta, que parece no hay forma de que la alegría sea completa. Como esa “Tristeza nao te fin felicidade si”. La favela, la vida dura que necesita defenderse del político, del empresario poco escrupuloso, del tiburón toro, al final, que por mucho Cristo de Corcovado que acoja a sus hijos, hay que sobrevivir, y el precio es una pierna menos, un mordisco en la espalda, como tributo al toro, al tiburón toro.

De Sao Luis a Manaos, de Manaos a Brasilia, de Brasilia a Sao Paulo, a Bahía, a Fortaleza, a Os Lençois maranhenses, ese Brasil nos quiere enseñar una lección de vida, que a mí me encantó recibir en su momento, que en Carnaval se baja al infierno a salvar a lo que se ama, y que al final las cosas, los hechos son efímeros como esa semana al año, como esa hora en la playa de tiburones.

Que lo que nos queda fuera de ese escaparate es la lucha por la vida, en toda su crudeza, y a ser posible cerrando los ojos a las aletas que vigilan tus brazadas, porque en caso contrario no se puede vivir.

Lección me llevé de cómo hay que adaptarse al entorno que nos rodea, que el seguir las indicaciones de los protocolos, al final hace que no te arranquen un brazo los tiburones, pero hace que tu vida tome la total conciencia de lo miserable que es, y eso duele más y por más tiempo.

El carpe diem recifeño no se me ha de olvidar, y es que si hay que pagar el precio del ataque del escualo se paga, pero sin correr el riesgo, la vida pierde buena parte del sentido que hace que valga la pena vivirla.

Brasil, del que volveré a hablar en cualquier momento, sigue con su vida política convulsa, con sus listas de corrupciones, con su economía poco segura, con su camino en definitiva que van recogiendo las noticias, con escaso o nulo impacto por nuestra piel de toro, que si Roussef, que si Da Silva, a quién le importa, esos son los tiburones que navajean por el petróleo de Sao Luis, que vacían la Amazonia de sus recursos forestales, y sobre todo con su gente, que viviendo en el manglar, en su favela, en donde, en definitiva hayan caído por aquello del destino.

Y a mí lo que me toca es no olvidar la lección de vida, no olvidar que en el fondo el saber que hay tiburones, pero que no importa, que la vida es siempre un riesgo, es la mejor forma de enfrentarse con el camino que tenemos por delante.

Con su pan se lo coman

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