En la playa de Barcino, junto al mar.

 

Allá, en esa playa del que fue archivo de cortesía, es donde nuestro último hidalgo se cae del caballo, es donde el Caballero de la Blanca Luna devuelve a la realidad, que no a la cordura al gran Don Quijote.

Archivo de cortesía que solamente pone en la escena el decorado, con, seguramente esa Catedral del Mar a las espaldas, esperando que algún menestral o algún aprendiz, o algún judío de la calle Moncada se asome al templo, pase de largo, o simplemente disfrute de la arquitectura, es lo mismo.

Que al final en la playa de Barcino, el Bachiller se enfrenta a la ilusión, la ley natural se enfrenta al sueño, derriba al sueño, y devuelve al Bachiller y al bueno de Alonso Quijano a esa realidad de la que quizás, sin saberlo, habían pretendido escapar.

Y es que el sueño de Don Quijote, no es más que religión y fanatismo, ya que todo se concentra en mantener que su bella Dulcinea es la más bella mujer del mundo, y en esa defensa pone su vida, su honra, sus anhelos. Es esa imagen idolatrada, (por favor dadle el peso correcto a la palabra idolatrada, y relacionadla con lo que de fanatismo encierra), quien le lanza a los caminos, quien le lleva a intentar deshacer entuertos, contrafueros, ayudar al débil, defender honras, y por supuesto a confundir la realidad, una vez construida la propia que no debe ser puesta en duda.

El Caballero de la Blanca Luna, no hace más que oponer a la sinrazón del caballero de la Triste Figura, otra supuesta sinrazón, y el enfrentamiento no tarda en dar la solución, solución que es solo aparente.

Y es que cuando leo esa parte de la historia de nuestro Ingenioso Hidalgo, Don Quijote de la Mancha, no puedo por menos que leer en ella el paralelismo de la situación que se da en esa mi tierra, en donde un Don Quijote tiene el seso sorbido por la obsesión religiosa de la defensa irracional de su dama, y como consecuencia define su vida, y la de muchas de las personas.

El Bachiller, lleno de racionalidad, es quien acaba provocando la caída de Don Quijote, pero lo hace por la fuerza, como el rayo divino o lo que fuera hizo a las puertas de Damasco caer a Saulo de Tarso.

Pero cuando la irracionalidad es religión, el Caballero de la Triste Figura ofrece su cuello a la lanza, que prefiere la muerte a renunciar a reconocer la realidad de que su dama no es más que una mujer más del pueblo, que el ideal, la fe es lo importante, lo demás es terrenal, es para el villano.

Y sí, parece que la condena que se impuso a la irracionalidad del Ingenioso Hidalgo, de volver por un año a su casa, a su pueblo, a la, digamos legalidad, para que de esa forma se volviese a la cordura, lo que conlleva es la muerte.

Y a lo mejor, el intento de llevar a la cordura a los independentistas, a lo que conduce es a la cordura lo que inevitablemente conlleva la muerte.

Darte cuenta que tu dama es una dama más, que a lo mejor ni siquiera es tu dama, que ella no se ha enterado de tu pretensión posiblemente, puede tener como consecuencia la pérdida total de motivación para seguir viviendo. Y eso es lo que yo estoy viendo en ese sueño imposible que ha sido compartido en mi tierra, aunque el caballero de la Blanca Luna aún no haya derribado al caballero y le haya puesto una lanza debajo de la celada.

Y es lo que esperamos le ocurra a nuestro Triste Caballero Independentista, que alguien lo derribe con el amor con el que el Bachiller Sansón Carrasco lo hace, y que en el suelo, donde se despiertan los humanos de sus sueños, se le pida la promesa de reconocer la penitencia que se le impusiere, siempre sabiendo que en lo más recóndito de su ser eran gigantes y no molinos, que los galeotes eran gente honrada, y que quedan muchas ínsulas que gobernar.

Pero la literatura es lo que es, y la penitencia impuesta ha sido menor de un año, y no es suficiente, hay que hacer que nuestro Don Quijote reflexione, con ayuda, de lo que significa el transitar por caminos de ensoñación y arrastrar a la gente que te quiere. No sé si será posible, no lo parece, que la luz o el caballero que te desmonta como a Don Quijote, como a Saulo de Tarso, solo se le reconoce eficacia en las páginas de los libros.

Y parece que tendremos una segunda parte, que escucharemos el rebuzno de Sancho, que veremos pasar ese cortejo de sabios en procesión estrafalaria, que escucharemos los lamentos por los encantamientos que justificarán los errores que en los choques de realidad y locura acontecen.

Y recordaremos que el Bachiller necesitó dos batallas para devolver a Alonso Quijano el Bueno a la tierra de la cordura, que cuando fue Caballero de los Espejos, salió por las ancas de su montura al recibir el lanzazo de Don Quijote.

Y en las playas de Barcino, junto al mar, es donde se acabarán un día las batallas de esa ilusión quimérica que hace que se muevan las montañas…en los sueños, que en la realidad, para moverlas se necesita maquinaria pesada, dinamita, dinero.

Así que na vez vencido el Caballero de los Espejos, solo habrá que esperar que llegue el caballero de la Blanca Luna, y quedan aún muchos capítulos, muchas aventuras, muchas sinrazones, muchos esperpentos, muchos encantamientos, que veremos ir pasando poco a poco, mientras la economía de nuestro aseado Hidalgo merma a pesar de los buenos oficios de sus vecinos, mientras la belleza de la sin par Dulcinea del Toboso, va poco a poco trocando en Aldonza Lorenzo, con su bigote, con sus caderas anchas listas a parir lo necesario para llevar las tierras.

Dejar Barcino a pié, volver a sentir el contacto con lo cotidiano es lo que deberemos esperar en su momento, y habrá que echar las culpas a los magos que ejercen sus maleficios contra los sueños de nuestro Don Quijote, de nuestros inedepes.

Vale.

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