Han matado a un hombre, han roto un paisaje

Es el título de una obra de alguien que antes se llamaba Francisco Candel, y hoy por esas cosas de las independencias, y quizás por el agobio de no ser de la “seba”, se hace llamar Françesc Candel. Es lo mismo, sus libros, que leía yo de adolescente nos hablan de la Barcelona más descarnada, la de aquel barrio, “Can Tunis”, que reconocíamos en los sesenta como Casa Antúnez, al otro lado de la montaña de Montjuich, debajo del cementerio.
La obra que más me impactó, fue una que tituló “Donde la ciudad cambia su nombre”, realmente espeluznante, y es que entre las dos, me dá que desde aquellas épocas poco ha evolucionado esta maldita sociedad en la que vivimos.
Más de una vez, desde esta bitácora, he hablado de lo que significa el humano deseo de abandonar físicamente la tierra que le vio nacer para encontrar mejores formas de vida, y también he hablado de como se les llama a estas personas, que no a todas se les aplica el mismo adjetivo.
Si alguien del primer mundo, ese que circula entre los paralelos treinta y ochenta, con las excepciones de Siberia y Australia, cambia de país para mejorar su estatus económico, decimos que es alguien “expatriado”, y la sociedad de la que procede le reconoce el sacrificio de retirarse de sus raíces, y le compensa de formas, en general, extremadamente generosas.
Sea, que parece hasta justo, si hay sacrificio personal por un tema económico, el sistema, te recompensa. También es cierto que los beneficios de tu migración que espera el sistema son enormes, y si te llevas parte de los beneficios, ciertamente, parece justo.
Estas corrientes migratorias de los que llamamos expatriados, generalmente viajan de norte a sur, (con las excepciones mencionadas), y hay pocas estadísticas en cuanto a su número, ya que tienen, debido a sus condiciones económicas, la posibilidad de viajar a casa cuando les da la gana, o cuando su ocupación laboral se lo permite. No hay restricciones.
Pero si la cosa es al revés, ¡ay si la cosa es al revés!, entonces eres un migrante, y la cosa cambia radicalmente, que eso de viajar desde el sur al impoluto norte, está muy mal visto, por los del norte, claro, y va para largo, que en mi ya cumplida vida, lo vengo viendo desde que tengo memoria.
Que lo de Casa Antúnez, ya era una migración de sur a norte, que aquel barrio de chabolas, como otros que rodeaban Barcelona, “La Torrasa”, “El Besós y La Mina”, “El Carmelo”, se nutrían de migrantes a los que la posguerra, el hambre en los campos andaluces, murcianos, extremeños, habían forzado a su población, a parte de ella, a intentar mejorar su vida migrando.
Y el norte los recibía, en la Estación de Francia, a la llegada del “Sevillano”, aquel maldito tren que vomitaba esperanzas dentro de maletas de madera atadas con cuerdas, que el textil necesitaba mano de obra, que había que construir el nuevo Pedralbes de los que habían ganado la guerra, que había que recoger las basuras de los del norte, que había que limpiar las calles.
Anoche me acosté con el mal sabor de boca que me dejó la muerte de un hombre, ese al que todos mataron y él solito se murió, ese que había osado comerse la materia remota de la Santísima Trinidad, que nos contaba el Padre Coloma, que era el eslabón fácil de la cadena de intereses y de mierda que nuestra sociedad crea casi por definición.
Un migrante senegalés de treinta y pocos años, dicen las noticias, falleció en la calle aparentemente de una insuficiencia cardio-respiratoria. Y este hombre, hacía lo que los expatriados hacen, pero en la dirección equivocada, desarrollar su profesión, de la que él no era más que un eslabón, en la que tenía experiencia, que la llevaba practicando más de catorce años, y que realmente a quién beneficiaba, no era solo a él, que había al menos dos entidades que realmente obtenían el beneficio de su actividad, que nuestra sociedad ha determinado que es ilegal.
El primero las organizaciones que le vendían los productos que después él intentaba transformar en su comida diaria, en su techo de todas las noches, y en alguna remesa que otra de pequeños puñados de euros para atender algunas necesidades de su familia africana.
El segundo beneficiado, desde luego, la sociedad en la que vivía, que puede ser le envió a la policía, o quizás a él no, pero sí a cientos como él, aquí en Madrid, allí en Barcelona, en Valencia, en donde quieras, que miembro a miembro se acercaban a su “manta”, para llevarse los productos que ofrecía, que ofrecen tantos y tantos eslabones de esta cadena, y así poder enseñar el bolso de marca, la camiseta del futbolista de moda. Y es que el precio en las tiendas oficiales no hay quien lo pague.
Me dicen que este comercio es ilegal, pero lleva más de treinta años funcionando, y nuestra estructura democrática no ha sido capaz de desmantelarlo, ni en los almacenes de los polígonos industriales, ni en las aduanas por donde entra el material, ni siquiera multando a los ciudadanos que compren esos productos. Todo difícil, muy difícil de entender, y muy fácil de reprimir, y no se hace en su raíz, que es más cómodo que muera un hombre, aunque se rompa un paisaje. Al final paga el débil, el que dejó las playas de Dakkar, sin ser corredor de coches y blanco, claro.
Estoy cada vez más avergonzado de la sociedad en la que vivo, y ayer cuando leí lo que decían los medios de comunicación que pasó en Lavapiés (la verdad la ignoro), se me vino encima todo el drama de la inmigración, que hoy es de gentes de fuera de la Península, pero que hace una décadas hablaban mi idioma, y había nacido a pocos cientos de kilómetros de Barcelona, de Madrid, de Bilbao…
Me avergüenzo de las autoridades a las que he votado, de la justicia que no sabe resolver el problema, de mis compatriotas que escriben en los comentarios vomitivos de los periódicos que dan su versión de la noticia quejándose de los migrantes, de los manteros, mientras con la otra mano ves como compran el bolsito Louis Vouitton y la camiseta de CR7, regateando al último eslabón, al más débil.
Y habrá tiempo para explicar un día lo que significa no ser blanco, caucásico, en esta sociedad de mierda. Que me gustaría saber, cuando fue la última vez que a uno de nosotros, blancos europeos, con ínfulas de canadiense, le paró la policía en la calle, sin más para un control de documentos.
Yo creo que a mí nunca me han parado.
Me cago en tó.

2 comentarios sobre “Han matado a un hombre, han roto un paisaje”

  1. Desde luego, ¡no hay derecho! Y de lo único que se habla es de si le perseguía la poli o si montaron el lío los okupas, a ver si alguno saca algún provecho político.
    Nadie ha hablado de su historia, de la de sus compañeros, de cómo viven aquí, de porqué huyeron de su tierra. Interesa menos, total ellos no votan.
    Cago en tó yo también

    1. Si hija, si, así parece que es la cosa, a nadie le importa la persona, que hoy para rematar la faena ya andaban diciendo que las falsificaciones que venden los manteros quitan ocho mil millones a los comerciantes….Como si la Choni que se compra un Louis Vouitton mantero, se lo compraría en Serrano. Lo que me llama la atención es que nadie habla de los almacenes de Fuenlabrada, ni de la mierda de aduanas que tenemos que se meriendan todas las falsificaciones. Lo fácil es reprimir al negrito que se busca la vida.

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