Il fu 2017

Por muy mal que lo haya hecho el muerto, acaba siempre saliendo a hombros.

Pues sí, que esta mañana cuando he escuchado la frasecita, he pensado que no podía haber sido en mejor momento, que se nos acaba el año, vamos que se nos muere, y desde luego habrá que sacarlo a hombros esta noche.

Y es la diferencia entre las personas y los períodos de tiempo, que a las personas cuando pasan a finados, se les alaba, se les saca a hombros, vaya, pero a los períodos de tiempo se les pone de vuelta y media y media vuelta.

Y en ambos casos nos encontramos con cosas del pasado, que ni el “fu” ni el año volverán a darnos la barrila en primera persona del presente de indicativo, que se fueron, que apenas nos quedarán algunas consecuencias de su paso por nuestras vidas, y en cualquier caso, si algo de lo que ocurrió o nos hicieron, sigue aparentemente mareando, está en nuestra mano bien adaptarnos, bien corregirlo.

Así, que no está mal, sacamos a hombros al año, de alguna manera, que a lo mejor no nos hemos dado cuenta de que de alguna forma nunca existió, que como mucho algún recuerdo de hemeroteca, algún acontecimiento que haya dejado alguna huella en nosotros, poco más.

Y como el muerto, el que sea, que tanto si fue amado, odiado o indiferente, su huella en nosotros es cosa nuestra aunque nos parezca lo contrario, que para huella se necesitan dos cosas, un pié y un suelo.

Pues sí, tras la perceptiva autopsia del “fu” dos mil diecisiete, los resultados que nos brindan los voceros de la morgue no parecen ser halagüeños, y es que el panorama de desolación que nos está dejando el paso del tiempo, con ese voceado nuevo orden mundial va pareciéndose cada vez más a las distopias que nos han descrito todos y cada uno de los especialistas en futurología que se esconden tras las plumas de los escritores de ciencia ficción.

Yo siempre me he considerado agnóstico, es decir, que se escapa a mi conocimiento todo aquello que trasciende la experiencia, todo aquello que se relaciona con lo divino, sin negarlo, desde luego. Y en ese entorno se me hace muy difícil discernir si mi planeta se está transformando en algo mucho más hostil para nuestra vida, hoy que somos muchos más humanos que nunca, no soy capaz de discernir la razón de tantas y tantas dependencias superfluas que nos hemos creado.

Que me dicen que ayer se paró un ratito el sistema de mensajería electrónica y los colapsos, los disgustos, los dramas fueron contados por millones. Y es que se pusieron todos los indios a felicitarse el año a la vez, y luego los europeos y los africanos, que se cuentan por cientos de millones, y eso no hay Zuckemberg que lo aguante.

Que me dicen que las gentes, marginales eso sí, siguen intentando escaparse de tantas y tantas guerras, hambrunas, vidas miserables, pero son pocos en términos estadísticos, y no estamos para que nos estropeen los mercadillos navideños de los burgos europeos, ni que interrumpan el flujo de dólares que el comercio electrónico provoca.

Porque al final, todo es cuestión de adaptarse, que si Tito Trump lo hace así o asado, a mí, ciertamente me importa muy poco, vamos que como diría un amiguete, ninguna de sus opciones ni sus contrarias me rentan, que si hay políticos en todas partes y con todas las creencias que meten la mano en la caja, desde Irán a Perú, no deja de ser algo dentro de esa realidad indeseada perfectamente comprensible, no desde el punto de vista ético pero sí desde la triste experiencia.

Y cuando uno avanza en la lectura del informe forense se va dando cuenta de que lo que cambia es la forma del mensaje, porque el fondo es tan antiguo como la Humanidad, y las ondas se repiten machaconamente.

Que si se nos muere para siempre el oso polar, pues lo sacamos a hombros, que se nos murieron los tigres dientes de sables, los mamuts, y si os ponéis bobos los grandes dinosaurios, (que los pequeños con alas parece que aguantan).

Son los mensajeros de todos estos no sé qué, los que elaboran la información, los que crean sus campañas de mercadotecnia, los que nos venden los mensajes que debemos creer, quienes acumulan las cotas de poder, el dinero, que no la felicidad. Pero es lo que hemos puesto en el escenario del gran teatro del mundo en el que nos movemos, y solo nos queda adaptarnos al asunto, que para revoluciones sin control no parece que esté la cosa.

Y sí, el informe de la autopsia de este “fu” dos mil diecisiete, a no ser que vayamos a las anécdotas de lo personal, es el mismo que el de otros “fu” anteriores, que siempre hemos tenido guerras, que siempre han existido movimientos migratorios, que siempre han existido refugiados, que el horror no es cosa del pasado inmediato, que el poder se ubica donde siempre, que si hace más calor o menos, que es lo mismo, unos sufrirán, otros no.

Y lo que a lo mejor es lo que realmente pudiera ser que nos importase, seguirá sin resolverse, seguiremos sin saber para qué coño andamos por aquí, seguiremos sin saber de dónde venimos, seguiremos sin saber a dónde vamos (en caso de que trascendamos, claro), seguiremos pensando como Calderón que la vida no es más que un sueño que se desarrolla en ese gran teatro que es el mundo, y del que no sabemos bien si somos actores, si somos público, o si no estamos.

Yo como estoy muy mayor voy a seguir riéndome de todo lo que pueda, voy a seguir intentando navegar con mi falta de conocimiento, con mi agnosticismo, por donde las aguas o el camino me lleven, que no me apetece trazar caminos, que la vajilla de fino oro labrada sea de qien la mar no teme airada.

Preparen pues ustedes sus hombros para transportar al “fu” dos mil diecisiete, aunque me permitirán que les indique que será una pérdida de tiempo, ya que no existe como tal, ya que ni siquiera existe ese “vivo” dos mil dieciocho”, que todo esto son convencionalismos que apenas valen para indicar el vencimiento de una letra de cambio.

Yo no sé si tomarme un vermut, que hoy dicen que es lunes, y a lo mejor mañana tengo que enterrarlo.

Con su resaca lo pasen

 

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