In memoriam de Don Antonio

Puestos a fastidiar, voy y leo en no sé dónde, un comentario, entre real y con mala leche, pero que realmente me ha gustado.
Y me ha gustado, porque trata sobre una de mis aficiones, a las que quizás debería llamar de otra forma, y se trata de la lectura.
Os puedo jurar que he leído mucho en mi vida, lo que evidentemente es poco, ya que me hubiese gustado leer diez o quince veces más, pero como ya comentaba el otro día, soy un niño disperso, que le gusta el vuelo de las moscas, y ver pasar por la calle, mientras me tomo mi cervecita, a las chicas de pollera corta, a los ganapanes encorbatados, o incluso a los seres anodinos, sea dicho y hecho todo en su orden, que estas cosas deben ser así, que con que se muevan ya tienen mi atención.
Y comentaba el pollo de mi lectura matutina cuales eran sus preferencias de estilo, y además el muy puñetero daba sus razones, con mala leche, pero las daba, que es cosa que, últimamente con eso de los ciento cuarenta caracteres, la peña suelta la parida, y te quedas “in albis” acerca de las motivaciones del aserto.
Vamos que el hombre mantenía que su pasión eran las obras cortas, esas en las que el escritor se esmeraba tanto, hacía todo con tanta delicadeza, que el solo hecho de imaginar que un lector se había saltado un párrafo, podría conducirle al suicidio, o a la febril corrección de todo el texto, ya que para el autor sería inconcebible que alguien no dejara de pasar sus ojos por ese trozo de su obra que le llevó días componer, y eran sólo tres o cuatro frases.
Yo recuerdo, en mi loca adolescencia, que pasé por el ejercicio más duro que un chaval puede pasar, y fue tragarme sin despeinarme aquella obra de Mijail Sholojov, “El Don apacible”, con sus cuatro tomos de cuatrocientas páginas, uno de los cuales se dedicaba a la descripción detallada de un batallón del ejército ruso que luchó en una de las guerras en Polonia.
O haberme tragado sin pestañear, la visión de Flaubert sobre el vestido de la señora Bovary, con la lógica consecuencia de la pérdida de algún empaste, que todo tiene sus consecuencias. Don Gustavo era así.
Y ahí sale la mala leche del comentarista de esta mañana, que este tipo de escritores lo hacen al peso, que si le compras “Los Campesinos” a Lazlo Raymond, estas pagando la descripción detallada de los campos de cereales polacos en otoño, o en verano, que a todos, menos al tal don Ladislao y a su editor se nos da una higa. Y si te lo saltas, te aguantas, que lo has comprado, te lo han vendido, han cobrado, y tú te llevas el detalle de las casacas del húsar invadiendo Polonia, los encajes del vestido de la Bovary, o el centeno polaco.
¡Haber escogido la muerte!, que diría mi hija.
Y lleva razón este muchacho, que parece que los éxitos de ventas, se cotizan al peso, que con menos de mil páginas te arrinconan en las editoriales, y no te digo en las estanterías, que los expertos en mercadotecnia, rápidamente te comentan que no se ven, que no son atractivos para el consumidor, que aunque nunca se lean quedan muy aparentes en “mueble” del salón.
Además sé de buena tinta, que para que te den el premio Nobel, salvo honrosas excepciones, o llevas en tu curriculum tochos en donde se describe con todo lujo de detalles y precisión lingüística el escroto del protagonista, en sesenta o setenta páginas como poco, o no te dan ni el Nadal, por decir algo.
Así que le daré la razón al comentarista que me ha dado luz en este asunto, mientras me quitaba la legaña, con paciencia, a la espera del desayuno y mi forzada presencia en el tee del uno.
La tiene, que el secreto de la literatura a lo mejor está en esa novela corta, en ese cuento largo, o en ese cuento exiguo, en, como decía Mozart, no falta ni sobra ninguna nota, majestad.
Así, que a pasear mi tiempo de lectura por esos partos de Juan Rulfo, extenuantes para el escritor, o por esos cuentos de Poe, de Bradbury, de Borges, o de Paz, que me es lo mismo.
Que en esas historias no puedes saltarte una letra, porque la necesitas para tu placer, que Chejov te lo recuerda, y hasta Cervantes te compone su gran obra como suma de cuentos, de aventuras independientes.
Y como las cosas son así, a veces, tendré que pensar en releer esas cartas desde mi molino, que nos dejó Daudet, o repasar los Cuentos de Canterbury, o el mismísimo Decamerón, evitando, siempre caer en las garras de Alessandro Manzoni, que lo de “Promessi Spossi”, parece que se escribió para que los estudiantes de seconda liceo, aprendiesen a sufrir.
En estos últimos meses, alguien que se cree que soy un erudito, me pidió consejo para iniciarse en la literatura, y mi decisión ha sido encaminar a la persona a la novela corta, al cuento, a que se lea el diablo en los infiernos, que se esconde en el Decamerón, que busque cuentos de Las Mil y una Noches, que descubra a Chejov, que sienta lo que hay detrás de esas piezas perfectas de Gogol, que se enamore de la leyendas de Bécquer, o que incluso navegue en esa pieza casi de ensueño que es “Toutes les matins du monde”.
Porque ahí, estoy seguro que descubrirá lo que significa el esfuerzo creador del escritor que quiere transmitir un mensaje a través de una obra de arte, no del pollo “llena páginas” que espera el Nobel, o el Nadal.
Y lo que digo, vale también para la poesía, ese arte que debe transmitir la música de la palabra junto al sentimiento que forzosamente ha de despertar en el lector, y ahí tengo que reconocer en los japoneses con sus Haikos son capaces de llegar a límites de sensibilidad increíbles, pero ¡cómo no!, y para reventar el artículo, diré que el poema que más me ha emocionado, ha sido el de un premio Nobel, que escribió la novela corta más bella que haya jamás leído, Platero y yo, más incluso que Le petit prince, que ya es decir.
Así que acabaremos con esa, para mí joya de la expresión poética, que el calificativo no es importante.
“No le toques más, que así es la rosa”
Brillante sumario de la oda de Horacio
Persicos odi, puer, apparatus,
displicent nexae philyra coronae;
mitte sectari, rosa quo locorum
sera moretur.

simplici myrto nihil allabores
sedulus, curo: neque te ministrum
dedecet myrtus neque me sub arta
uite bibentem.
Y vaya todo esto como homenaje a un gran hombre que nos dejó las más bellas estrofas escritas en el siglo XX, en el ciento veinticinco aniversario del nacimiento de Don Antonio Machado.
Por él.

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