La muerte del cisne

Empezar el día escuchando a Saint-Saëns en particular ese maravilloso cisne de su carnaval de los animales, es una buena forma de hacerlo, y como todo viene a colación, se acuerda uno de cómo lo bailó Tamara Rojo en las tablas del Royal Opera House aquel día que tuve la suerte de ir a verla.

Pero lo que de verdad me viene hoy al coleto, es que en escena lo que siempre me pareció que se representaba era, en realidad, la muerte del cisne, esa muerte lenta y elegante del animal majestuoso, que parece que se evapora en el tránsito.

Puestos a rellenar esa alegoría de la muerte del ser casi celestial, que se va yendo a la par que se va despidiendo, siento que hay una forma de vida que hoy va, como el cisne de Saint-Saëns, bailando sus últimos pasos antes de pasar a Oriente, o a mejor vida, que siempre dice el castizo de mi barrio.

La vida en la que nos relacionábamos cara a cara con las personas, la vida en la que no necesitábamos intermediarios electrónicos para contar nuestras cuitas a quien nos apeteciese.

Al final aquella vida en la que la intimidad tenía su valor, que solo se compartía con quien viajaba contigo, aquella vida en la que una charla entre amigos, alrededor de un buen cognac y un mejor habano, permitía el intercambio de ideas y sensaciones, apoyado, claro, por cosas tan elementales como los gestos, el llamado lenguaje corporal, las miradas los silencios, y hasta los “vengo enseguida que voy al baño”.

Pero hoy esa charla está intermediada por los señores de whatsapp, que incluso te ayudan con esos pequeños diseños que llaman emorticones, que por cierto me tocan….el corazón santo.

Y entre anuncio y anuncio de cosas que un algoritmo ha decidido que te gustan, vas mandando deditos hacia arriba, deditos hacia abajo, tartas de cumpleaños, enlaces a la noticia del periódico tal o cual, que soporta tu argumento.

Y parece que nos comunicamos, que si queremos podemos escuchar la misma música, que para eso somos todos socios de Spotify, o de lo que cumpla, y sincronizar la cosa es posible, aunque difícilmente se le pueda hoy encontrar un sentido.

Los filandones son virtuales, y los fuegos de campamento han perdido sentido. Ya no sé si podrá alguien volver a escuchar una nueva versión del Decamerón, o de los Cuentos de Canterbury, viajando de aquí para allá.

Y es que hoy nos gusta mucho más el coche silencioso que te propone RENFE en sus trenes rápidos, y el cuento lo ves en la mini-pantalla de tu carcelero inteligente, que para eso has descargado NETFLIX, y te chupas las series sin anuncios, a cambio de diez euritos al mes.

El “Pili, salgo al pasillo a fumar un cigarrito antes de que el tren llegue a Tardienta”, que decía mi padre, ya no existe, murió para siempre, me temo. Ahora de lo que se trata es de matar más marcianos que el oponente que tenemos a cuatro mil kilómetros, que es la ventaja de los juegos en línea, los juegos en los que nadie toca a nadie, y en los que todo se mide, todo se clasifica en función de los resultados. Tienes el record, has conseguido más puntos que nadie.

Y quizás sea cierto, que a lo mejor es Nadie quien está al otro lado, que seguro es un robot que se ha saltado el test de Touring, y sabe engañar al código captcha ese, quién sabe.

Lo que si es cierto es que se acabó aquello de:

¿Ustedes gustan? , mientras en el departamento de segunda alguien sacaba su fiambrera con esa tortilla española con pimientos asados.

-No, muchas gracias, que aproveche.

Y el tren iba resoplando a orillas del Ebro, a ver si conseguía dejar Mora a sus espaldas y encaminar a Caspe, que si lo conseguía era cuestión de pocas horas el ver El Pilar.

Si, eso ya murió, y no se le espera ni en versión vampirizada, y quizás el primer veneno que aquella forma de vida fue el invento tecnológico que más ha hecho por terminar con la comunicación entre personas, y que por aquí llamamos televisión.

Al final, todo este desarrollo de chirimbolos que hoy nos rodean, no son más que extensiones, perfeccionamientos de aquel invento nefasto que fue la televisión.

Un sistema que dejaba al ser humano en silencio, con la vista absorta en unas imágenes en movimiento. La radio fue compañía, la televisión fue el principio de la soledad.

¿Qué le vamos a hacer?, seguiremos chateando con los pulgares, y el buen cognac, el buen habano, a lo mejor nos lo tomamos solos. Pero es un incordio, que a nadie le gusta beber solo, aunque la soledad sea virtual, y como el tabaco es malo, dejo el habano en su humectador.

Se va agachando poco a poco mi admirada Tamara, mientras las notas de Saint-Saëns van haciéndose cada vez más tenues, y de la misma forma, se va agachando y estirando los brazos mientras esconde la cabeza ese cisne que Tamara nos interpreta, una forma de vida que se diluye entre las manos a lomos de los medios de comunicación que nos aíslan para que, indefensos, compremos aquello que el algoritmo ha decidido que excitará nuestra producción individual de endorfina.

¿Cómo no pensar en el último mohicano, o los últimos de Filipinas, cuando ves que poco a poco las notas de “Le cygne” van llegando a su fin, y Tamara tiembla en ese dulcísimo estertor que tan bien ha diseñado el coreógrafo?.

Pues sea, pelearé por el derecho de cabrearme con mis amigos cara a cara, de llenarles la casa con el humo de mi habano. Pelearé por seguir leyendo las historias del Licenciado Vidriera, o las aventuras de Jack London, pelearé por no emborracharme solo aunque electrónicamente esté arropado por cien mil “amigos” y un millón de “me gusta”, que lo que quiero es que alguien se ría o llore delante de mí, y que la sensación que esa emoción produce haga que yo produzca también una emoción de ser vivo, no de robot de tercera generación.

Dejaré pues los emorticones en su cajón, y no me invitéis a “chats” multitudinarios, prefiero tomarme un vino y nos reímos juntos, sin escribir eso de ¡ja,ja,ja!.

Con su pan se lo coman

 

 

 

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