Los jóvenes de hoy, cada vez tenemos más años

La frase se la escuché ayer, mientras me afeitaba, a Carlos Santos , periodista que trabaja para Radio Nacional.Aún no se me ha quitado a sonrisa de a cara, y antes de que la presentadora de no sé qué programa de televisión con moco, a la que estaba entrevistando me la pise, ya que lo prometió, intentaré echarme unas risas a costa de a tal ocurrencia.
Desde que tenía pocos años, siempre he dicho que quería ser el viejo de la tribu, que a eso de la juventud por definición, y ligada a los años, siempre le he visto más inconvenientes que ventajas, pero claro, he sido el rarito de clase, y estas cosas mejor no decirlas delante de según qué público, que luego te malinterpretan, y lo que es peor te encasillan erróneamente, claro, luego el cartero te coloca en el buzón equivocado, con las consecuencias que ello conlleva.
Si nos atenemos a conceptos de esos que se llaman generalmente aceptados, y como la misma frase indica no quieren decir absolutamente nada, una vez superados los diez años, es decir los once, dejas de ser niño, y con el bagaje que has obtenido pasas a la adolescencia, que la doy por terminada a los veinte, así que con veintiuno pasas a ser un joven. Bienvenido pues a esa etapa, en que parece que se te ha quitado el acné, y has sobrevivido a cuatro o cinco roturas de corazón, a una carrera de coches por autopista en contra dirección, y a tus primeros contactos con sustancias estimulantes, que con suerte no han ido más lejos de una buena cogorza de vaya a saber usted qué, porque perdí el sentido de lo que me metía.
Es posible también que te hayas salvado de una buena preñez, y con más suerte aún que hayas evitado que algún político mal nacido, haya metido a tu país en una guerra y vayas como carne de cañón a cualquier país exótico, en el que nada se te ha perdido.
Muchos de esos peligros, a partir de los veintiuno, seguirán vigentes, es decir te acompañarán durante toda tu juventud, que como es bien sabido, acabará a los treinta, porque a los treinta y uno ya serás un hombre, o una mujer con todas sus consecuencias.
Ese dulce pájaro de juventud, que Paul Newman nos mostró en la obra de Tennessee Williams, tenía a los ojos del escritor, una buena carga de sordidez moral, ya que el joven, solo podía ofrecer genes, y eso al padre de la chica, no le parecía suficiente, que el muchacho, no tenía donde caerse muerto
Estoy seguro también que uno de los motivos del destierro de su hija, (hoy sería un Erasmus a tiempo), escondía cierto rencor por alguna paliza al tenis en el club de campo local aunque Tennessee no lo cuente. Porque esas empiezan a ser las virtudes de la juventud, ganan al tenis, mean más lejos, pero no siempre llegan antes (Ver fábula de la tortuga y la liebre, que tiene su sabiduría detrás).
La otra cosa que ofrece, (ver La peau douce de Truffaut) por ejemplo, es una excreción constante de hormonas, feromonas, imágenes seductoras, que pueden hacer, y de hecho lo hacen, perder la cabeza al más sentado de los adultos, pero que en realidad no ha sido más que el cumplimiento de un rito reproductivo, que acaba con el último gemido, y como mucho con el cigarrillo a medias.
Claro que ese momento está cargado de excreciones de todo tipo, y por no ponerme escatológico, me quedaré en las endorfinas, y en la adrenalina, que no son poco.
Así que en esos tiempos de turbulencias, en los que tu juventud está aún pensando en si te deja que te ganes la vida, tú andas obnubilado detrás de feromonas ajenas, que con esto de la civilización, los humanos estamos en situación de procreación contínua, y es una verdadera gaita, porque ese exceso de energía invertida, pone difícil cosas como tu desarrollo intelectual, sin ir más lejos.
Porque además la vida está estructurada de forma que el niño que has sido, condiciona el adolescente que serás, y el adolescente será parte importante de la forja del joven.
No sé lo que dirían los grandes psicoanalistas acerca de la importancia que tiene en el ser humano el impacto de su época sexual, y qué secuelas deja en las personas, que recuerdo a una señora que había pasado ampliamente la época de juventud tal y como parece que se define, y que confesaba:
-Mira Luismi, es que a mí los chicos de mi edad no me gustan nada, que me gustan los de veintipocos.
Era, es, supongo aún, una mujer inteligente, no exenta de un cierto atractivo físico, y que me confesaba:
-Pero sé que es un error, que si pillo a uno, luego por la mañana no sé qué coño hacer con él, porque empieza a aburrirme con la conversación del desayuno.
Yo siempre le dije que debería considerar un análisis de sus receptores hormonales, que le metían en unos charcos que ni al Humbert de la Lolita nabokoviana, y ella sonreía.
Porque aparte del vigor físico, y su correspondiente apariencia, todo lo demás, relacionado con la juventud, no deja de ser una soberana putada, y que además, en ese período de turbulencia, debes construir el cuarto sexto de tu vida, la llamada madurez (queda vejez y senectud), y la hormona se pone de lo más pesada cuando se trata de construir futuro.
Pero el señor Santos, con su frase, hace que recordemos, que el ser humano no es solo la cobertura muscular para la transmisión de genes, y que una de las cosas que conlleva la juventud es la capacidad de asombro, de aprendizaje, y de relacionarse sin demasiados prejuicios.
Y por eso nos hace recordar que independientemente de esa definición parcial, la verdadera juventud está en el ansia de experiencias nuevas, de aprendizajes, de relaciones con otros seres humanos, ya que cuando el cocktail de hormonas deja poco a poco libre tu mente, es cuando empiezas de nuevo el ciclo de la vida y realmente te haces adolescente, joven, y con suerte maduro, aunque no le aguantes tres sets a Nadal, pero haces noventa y cinco en el club de golf de la esquina antes de abrir una botellita de champagne en el hoyo diecinueve, sin necesidad de fijarte demasiado (algo siempre queda) en los atributos sexuales externos de cualquier miembro del club que se haya sentado en la mesa de al lado.
Y claro, con cambiar los conceptos, los jóvenes tenemos cada vez más años, y nos llaman sexalescentes, que aún no hemos llegado a jóvenes setentones, ni a maduros octogenarios.
Y, por cierto, que nadie se fíe, que quien tuvo, retuvo, y los jóvenes setentones se reproducen también, que me vienen dos a la cabeza, Fernandito Sánchez Dragó, y Mike Jagger antes de ayer, porque Don Andrés Segovia se quedó con el embarazo del octogenario maduro.
Buenas noches, y buena suerte

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