Qué calor hace en las Ramblas

Me pilla la Virgen del Carmen lejos del mar. Cosas que nos pasan a los que nacimos pobres en la playa, y la vida nos lleva a la meseta. ¿Qué le vamos a hacer?.

Claro que mentiría si dijese ahora aquello de que añoro las sardinas de la playa, el ron cremat y al cuarteto de habaneras “Els quatre indepes de Cuba”, cantando lo de la bella Lola, en el estradillo de Calella de Palafrugell. Mentiría como un bellaco, que para una o dos veces que he asistido al tal espectáculo, siempre me ha parecido la versión blandurria del concepto “fiestas populares”.

Pero que nadie se me alarme, que a veces los ayuntamientos de la Costa, se estiran y te regalan unos fuegos artificiales decentes, a costa de los impuestos locales de pernoctación y del incremento del precio del carajillo en los bares del paseo marítimo.

No pasa nada. Vuelves a casa con los pies,(como poco) llenos de arena, la jaqueca por el ron cremat, y recordando al profe de historia que te contaba el ardor patriótico catalán defendiendo los intereses de la corona española en Cuba y en Filipinas, en las guerras del desastre de 1898.

Bueno, para ser exacto, los catalanes que fueron, eran los catalanes pobres, los catalanes incultos, que los demás estaban por disfrutar de sus palacetes de S’Agaró, de sus palacetes de Puigcerdá, de sus palacetes de Pedralbes mientras iban saliendo los kilómetros de telas, de hilos de sus fábricas bien defendidas por los somatenes, (los seguratas de entonces).

Así, que para no meterme en charcos para los que esta mañana no tengo cuerpo, diré aquello de que me alegro de no andar por aquellas tierras, que además posiblemente ya no reconocería, y en las que me sentiría muy incómodo.

Además estos son tiempos de calor, de tener los nervios a flor de piel, preparado todo para que cualquier chispa, de esas que se apagan con un pisotón, creen el mayor de los incendios, lo mejor es quedarse quietecito, y que no le pase a uno como a mi amigo, que sin comerlo ni beberlo me contaba el otro día sus penas mientras estaba tranquilamente acodado en mi rincón de Boadas detrás de mi Negroni.

– Chico, estoy hecho polvo, que me ha dejado la novia.

No te preocupes, pensé yo, que quien pierde una gran mujer, no sabe lo que gana.

– ¡Bueno, ya será menos!, un calentón estival sin ir más lejos, que verás como la cosa se arregla.

Y en el “se arregla”, queda sobreentendido que habrá reconciliación a la vuelta de la esquina, y todos ¿contentos?.

Mi pobre amigo lo está pasando mal, que en estas cosas lo que más duele es el orgullo herido, que a la que uno piensa despacio, la frasecita de que el buey solo bien se lame toma un excelso sentido.

Así, que me empeño, como una Doña Elena Francis cualquiera, en convencer a mi amigo:

– Si las cosas son así, qué le vamos a hacer, mejor que pase ahora, que no dentro de más tiempo, y se hayan profundizado las raíces de vuestra relación.

Que aún eres joven y apuesto, y a buen seguro no te van a faltar oportunidades.

Ya sabemos todos que para digerir el asunto, o eres el Falco del Reverte, o tu amigo entra en esa depresión del que se siente abandonado después de “haberlo dado too”, que se dice.

Y yo venga, ¡que no te han abandonado, que te han devuelto la libertad!, que si quieres arroz, el campo está lleno.

Claro, que mi amigo, que efectivamente quiere arroz, se está planteando lo incómodo que es sembrarlo con los pies llenos de barro, después de haber preparado el campo, y luego que si hay suerte y el esfuerzo no se lo lleva una riada, o una plaga….en fin que eso del amor, de la pareja, parece que hay que currárselo a fondo, y cuando crees que has hecho las cosas bien, aparece un ex que quiere volver, o haces una bobada sin darte cuenta, y la chica de tus entretelas vuela para hacer infeliz a otro.

Que no hay moza sin amor, ni sábado sin sol, ni putón que no se case, ni duro falso que no pase, que escuchaba yo de los sabios de la tribu cuando aún era preadolescente.

Pero ni por esas, el muchacho, que por cierto no estaba demasiado interesado en mis razones, no me levantaba cabeza, y se estaba forrando a gin tónic, que es lo que hace la gente ahora, a ver si consiguen la longevidad de Elisabeth II, esa reina que tiene a mi buen Carlos de príncipe de Gales eterno.

Tanto es así, y viendo el estado de postración, intento cambiar un poco la técnica, y asumiendo que mi amigo es bastante bruto, asumo que a su Chuchita le ha hecho algo malo, y le sugiero

-Pídele perdón, por tus faltas y pecados, que a lo mejor así lo arreglas.

-¡Pero si no sé lo que le he hecho!, me dice el pobre, así que no sé de qué voy a disculparme, y como pregunte, me van a salir con lo insensible que soy, que seguro que sé perfectamente lo que he hecho, que si me estoy burlando.

-Vale, vale chaval, pero si quieres arreglar la cosa algo tendrás que hacer, ¿no te parece?

-Por el momento ya me ves, haciendo subir el precio de los gin tónics, y preguntando a un amigo, que por cierto no me está ayudando ni un poco.

-Es que no soy Elena Francis, amigo, y estas cosas o las arreglan ellas o no se arreglan, que son terrenos muy resbaladizos para los chavalotes.

-¡Pues vaya ánimos que me das!

A partir de ahí me veo pidiendo mi segundo Negroni, que empieza a ser peligroso a estas horas de la mañana, con la correspondiente carga de manises y de maíz frito, mayormente para tener algo en el estómago. Cojo fuerzas y suelto:

– Chico, me parece que hay otro, y si te ha dejado de forma tan abrupta, es que te quiere, y no ha querido ponerte los cuernos, así que se un caballero y da las gracias, que tampoco pasa nada.

El camarero, como siempre, viendo que empezaba a estar pellín acorralado, me recordó en voz bien alta que tenía mesa reservada a la una y media en casa de Bofarull.

Así que pagué, salí Rambla abajo, como alma que lleva el diablo, y deje a mi amigo, sumido en la duda de si debía intentar arreglar lo de su novia, dejarla a ella que tomase la iniciativa, o alegrarse de que hubiera encontrado o reencontrado a alguien más alto, más guapo, y sobre todo más rico que él.

¡Qué calor hace en Las Ramblas!

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