Show must go on

Parece que el calor es ahora como un castigo divino. Quizás, pero es cosa nuestra, y como todo se vende en estos tiempos de triunfo del calvinismo, cada cual arrima el ascua a su sardina.

Y no está mal, que Tito Trump nos dice que él no quiere que los americanos dejen el coche en casa, que Detroit está cerrando poco a poco por la miseria de los malditos alemanes y sus BMW, que hasta en las pelis del Tom Cruise hacen las carreras con los coches de la Bayerische Motoren Werke.

Bien que las carreras las lían por Paris, pero de usar Peugeot o Citröen nada de nada.

Y mientras no tenga el buen hombre un incendio en los jardines de la Avenida Pensilvania, me parece que va a andar defendiendo hasta a esos pollos de Tesla, que hacen unos coches muy chulos aunque se les ha olvidado que además hay que ganar dinero.

Y a nadie le importa, que es verano, que si Pedrito se nos sube a lomos de las encuestas que guisan ellos mismos, pues me alegro, con la misma intensidad con la que me alegraría de lo contrario, si es que existiese, que si Pablo no dice nada será que está cogiendo las uvas de tres en tres.

Todos a caballo de los nuevos tiempos, menos los de mi pueblo, claro, que te vas a comer unas secas amb butifarra del Salgot, no tanto para hacer patria como para chuparte los dedos, y te sale el que fue molt honorable saludando, que se acababa de meter una costellas de xai en la Dolçeta.

Pero son las cosas de ir a ciertos sitios, y es que los indepes no paran, no pararán. Y es que estoy esperando la que montarán el dia que el Don…..Jordi pase a Oriente, vamos que desencarne que diría Miguelito Blanco.

Es el show de cada día, ya saben ustedes, el payaso hace reir a su público, mientras la lágrima de su desgracia se desliza por debajo de la máscara, Show must go on”, que diría Bob Fosse, y se nos llenan los escenarios de cualquier cosa que nos distraiga aunque no la entendamos, que de lo que se trata es que miremos sin ver y oigamos sin escuchar.

Las nuevas generaciones están cada día más conectados, cada día tienen más amigos, me dicen, que a veces son multitud, y también me han dicho que están reinventando el silencio, que por lo visto sus reuniones son silenciosas, cada uno en su pantalla, cada uno con sus auriculares, cada uno en una introspección falsa.

Pero habrá que preparar la toalla, habrá que preparar la sombrilla para ir a la playa, que me dicen desde Madrid, desde las costas mediterráneas que no se soporta la tal ola, ¡Porco governo!.

Historias circulares, como las economías que se desarrollan ahora sin intermediarios, de esas que le están quitando el pan a los comisionistas, que no hacemos más que inventarnos esos términos que parece que te harán rico, que si el bitcoin que si los big data, que si los block chain. Los taxistas dicen que no los entienden, pero que seguramente están detrás de su ruina.

Claro que no han pensado en la forma que tienen de especular con las licencias que en su momento les permitieron acceder a la profesión.

Quizás tampoco se han fijado demasiado en el estado en que, en general, tienen la flota de Skodas viejos y sucios.

Quizás el mismo aspecto de demasiados de estos profesionales, honradísimos por otra parte, excepto cuando no saben donde está la dirección que les has pedido, o peor aún cuando sin desearlo se convierten en taxi turístico.

Todo es un show, y debe seguir, que Bob Fosse ya nos lo ha dicho, y se nos llena la calle Colón, la Gran Vía, la Castellana, de miles de estos honrados y pacíficos trabajadores, que piensan que sus males vienen de fuera, y quizás parcialmente lleven razón, pero a mí me va a costar volver a pillar uno de esos trastos viejos conducidos por gentes que han decidido, para su beneficio, hacer mi vida más complicada, más dolorosa, más incómoda. Así no se trata a los clientes.

A no ser que seas Ryanair, que entonces sí que tienes todo el derecho del mundo a putear a la gente en aras de la productividad, de la economía de escala, del bitcoin y de la madre que les parió a todos.

Que por cierto, y ahora que me acuerdo, me viene a la cabeza aquello de que lo primero que busca nuestra sociedad es sacrificar al ser humano.

No sé si ese ministro que nos han puesto con responsabilidad sobre nuestra policía, sabe de qué se habla cuando se habla de la llegada de los emigrantes, por mucho que se acerque a Mauritania a discutir con el jefazo local. Nuestro ex juez, que si ha hecho carrera política me hace pensar en si prevaricó o no cuando ejercía su magistratura, va a intentar compensar la caída de visitantes a Barcelona de turistas nacionales, y le va a facturar a Doña Colau los jovencitos que llegan en los cruceros que atracan en las playas onubenses.

Y es que el gremio de los hosteleros dicen que el paisanaje carpetovetónico no tiene en cuenta la ciudad condal para sus desplazamientos, y así no hay quien redondee la última línea de la cuenta de resultados. ¡Qué le vamos a hacer!.

Mi archivo de cortesía abandonado a las hordas del odio indepe. Y encima la sorpresa de que la gente prefiera Cudillero a la Mar bella, y eso que en los dos sitios te dan unas buenas calderetas de pescado.

Voy a coger mi sombrilla, mi sillita de playa, el e-reader ese que parece que aún funciona, y miraremos a ver si he tenido la precaución de poner algún libro chulo, que anoche me limpié el cuento de “Total recall”, sin Tito Arnold por en medio, y me dormí al segundo librazo en las gafas.

Así, que dejaré pasar el rato, esperaré el próximo show que seguro se está cociendo entre bastidores, y prometo que excepto en caso de extrema necesidad no volveré a coger un viejo Skoda conducido por un irascible carrero mal aseado, de la misma foema que juré en su momento no subir jamás en un vuelo de Ryanair, que uno está hasta los huevos de todos aquellos que siguen apoyando en destruir a ser humano como primera opción.

Con su pan se lo coman

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