Un despiste

Es posible que no lo sepáis, pero soy de natural despistado, que si fuera uno de esos sabios que la caricatura adjetiva así, se entendería, pero no, que me falta lo de sabio.

Y en esas condiciones uno se transforma en viejo chocho, es decir despistado no por andar en un mundo de sabiduría, analizando los ángulos epistemológicos de la cosa, (la que sea), sino porque el mundo en el que anda uno no está demasiado poblado de temas trascendentes y pasa lo que pasa.

Cada vez me voy dando cuenta con más frecuencia del hecho de que se me traspapelan las ideas, que si he quedado un martes, resulta que caigo el miércoles en que la cita era el lunes, y a lo mejor hasta me estoy equivocando a la hora de comprar el número de lotería que he soñado, que o descoloco los números, o descoloco el sorteo.

Cosas del diablo, o de la edad. Y es que en esa vorágine uno ve a los de la generación triunfante que ahora anda en política, tras haber defenestrado a los viejos dinosaurios, (más jóvenes que yo en cualquier caso), y echa uno de menos al tal Tardá, al cual Más, incluso al cuyo Rajoy, o al quien Rubalcaba.

Que veo lo que las nuevas generaciones nos han traído, a lomos de pericos, rufianes, y malcasados, y no le llega a uno a tentarse la ropa.

Que a lo mejor, lo que pasa es que ya uno no habla ese lenguaje, cosas de la edad, o que a uno se le olvida lo que te quieren vender por la tele o la radio a la hora de la siesta, y solo se le queda a uno el grito que pegan, en el mejor estilo de las tertulias cultas de la cinco.

No lo sé, que a lomos de las incongruencias que genera mi cerebro, inducidas o no por esa caterva de paniaguados, uno empieza a pensar que es mejor olvidar, o confundir las cosas, que para que me las confundan estos pavos, me confundo yo a mi mismo, que es más cómodo, creo.

Estoy cansado de escuchar en boca de la misma persona aseveraciones definitivas de una cosa y de su contraria, bien que enmascaradas por los toques que la inmediatez ha traído a nuestra convivencia a lomos de las redes sociales, de la tecnología y del servicio del tal Bezos, o del gallego Ortega.

Que si no llega en dos horas lo pido a Alibaba. Por lo menos en el caso del tal chino, pone el nombre de un ladrón a su empresa, que antes que nada y por el buen nombre del negocio, no engañar ni en el título, que aunque el tal Alibaba, nace pobre y leñador, va convirtiéndose en el más aventajado ladrón.

Por eso no lo entiendo, que jamás compraría a alguien así, pero el mundo lo hace. Y no sé si por no conocer la historia recogida en las Mil y una Noches, o por escondidas razones que a mí se me escapan. Ya no sé de qué estaba hablando cuando empecé con toda esta historia bitacorera, y andar de escalada al inicio de la página se me hace arduo, pero sí, que la cosa va de que estoy hecho un lío, y que las motivaciones que me llegan desde afuera no son suficientes para darles mi atención, muy a pesar mío, y en ese dilema tiendo a meterme en la concha molusquera o buscar algo de luz en el hoyo del avestruz australiana.

Y no es aburrimiento, que en mi cueva encuentro montañas de estímulos, estímulos que han estado durante años esperando su turno para ir aflorando, y que no quiero dejar sin atender antes de pasar al Oriente Eterno, que por allí me dicen que te examinan, y que si no apruebas te sacuden de veras.

Y vistas las cosas, no sé si darle de nuevo al Buscón Don Pablos, a Lázaro de Tormes, al Guzmán de Alfarache, o a Rinconete y Cortadillo. Eso sí, sin salir de la picaresca que ha reinado siempre en este país de ricos, donde los ciudadanos son pobres.

Ya ven vuesas mercedes, cuán lejos estoy de acercarme a la Ilustración que quiso traernos Carlos III y que acabó aburriéndole, o de los jeribeques colgados de los sesudos filósofos del Norte frío, que se me hacen imposibles de entender.

Por eso, a lo mejor no soy capaz de entender los mensajes que me lanzan esos nuevos políticos de lo inmediato, y tiendo a confundir el mensaje, por no marear, mayormente, a mis neuronas, o a mi neurona, que ya no sé si reina la soledad en ese reino cubierto por mi boina de Elósegui.

Y de paso, me dirijo al refugio que consiste en olvidarme de casi todo, porque al final resulta que lo único que me interesa es lo que concierne al ser humano, y eso me aleja de los foros en los que se dirime el quién ostenta el poder, y quién se hace con el dinero.

Pero como todo tiene ese efecto colateral, que tan bien les viene a los adoradores de la violencia, mi efecto colateral quizás sea lo de olvidar alguna cita, o no querer recordar por qué página del último libro andaban mis ojos paseando.

Y de verdad, no me apetece comer rabos de pasas, que como estoy, estoy más que bien, ¿qué queréis que os diga?, y si Trump ha dicho otra burrada, pues la olvido, si a su Graciosa Majestad se le levantan los nietos, pues ya lo siento.

Que son otras las cosas en las que quiero estar, y seguro que más de uno me comprende, cuando digo aquello, al mejor estilo de Diógenes:

-Por favor, Alejandro, majo, échate a un lado que me quitas el sol. Así que la vajilla de fino oro labrada, sea de quién la mar no teme airada.

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