Vamos a jugar

En casa siempre me han dicho que tengo mucho cuento, y ya se sabe, a uno en casa creen que le conocen, y con esa creencia te sueltan cualquier cosa y se quedan tan anchos.
Mis amigos, los antiguos, que son muy, pero que muy pocos, desgraciadamente para mí, comparten la opinión de la familia, con lo que la cosa empieza a tener cierta consistencia, los nuevos, los que han aparecido en los últimos tres o cuatro años, los tengo aún en fase de deslumbramiento, porque tengo mucho cuento, y aún no se han dado cuenta.
Lo que más me divierte de todas estas cosas, que además son de lo más refrescantes en verano, es que me permiten jugar, con unos y con otros, lo que no está nada mal, que el juego para mí es el aprendizaje de los niños, y en el fondo, aunque el carnet de identidad se empeñe en su grosería, es lo que quiero ser cuando me muera, un niño de un montón de años, con las ganas de aprender intactas, con la vaguería que caracteriza a quienes, como los niños, es casi imposible centrarlos en una sola cosa, que la dispersión es el más excitante de los juegos.
Y en esa dispersión es donde entra lo más divertido del asunto, porque los niños cuando llevamos mucho tiempo en la puñetera tierra, hemos tenido la oportunidad de jugar a muchos juegos diferentes, cosa que a los que siguen la recomendada senda de niñez/adolescencia/juventud/madurez/vejez/sabiduría, no acostumbra a tocarles que al final son capaces de ser los mejores en algo, cosa por cierto que admiro, y me siento absolutamente incapaz de conseguir, que se ha movido una mosca en la esquina de la habitación y dejo de leer a Hegel, por ejemplo, que además, quién me mandaría meterme en esos berenjenales.
Estando en estas cosas cualquiera de los que no me conocen aún del todo, a la que me descuido, los pillo con gesto de admiración, porque les hablo en titulares de muchas cosas, pero a partir de la segunda capa, empiezo a tirar del arte de la discusión si se me pone en plan especialista, y me pongo a disertar sobre Paul Hogan, por ejemplo, y su influencia sobre el desarrollo del wrestling en el sur de California, con lo que me acaban tomando por un Leonardo, como poco.
Esta terrible confesión que estoy haciendo, es para aclarar a la peña que está llegando en los últimos trimestres a mi círculo, que no, que no soy Leonardo, ni mucho menos, que lo mío es mucho más Mr. Chance, aunque no tenga la cara de Peter Sellers.
Y es lo que tenemos los niños sesentones, que no nos gusta hacer daño, que no nos gusta engañar, aunque si es jugando no nos importe que en cualquier momento los mayores se queden despistados, y digan aquello de que “es cosa de niños”, que es lo que dicen los adultos cuando no entienden el juego que les propone un niño.
Y, por favor, que nadie ande jodiendo con eso del síndrome de Peter Pan, que lo de Barrie es otra cosa, que lleva ese filtro calvinista y cabroncete del clasismo británico, al que le encanta por cierto meterse con las castas indias….pero eso es harina de otro costal.
Sí, queridos, como me dijo una vez un británico cuando iba a empezar la cuarta década de mi vida, “chaval”, bueno, de hecho dijo Mr. Rodríguez, que el hombre para eso era muy considerado, “no olvides nunca que el trabajo es un juego, así que juega, y disfruta”.
Ya lo sabía, que es lo que tenemos los niños, incluso al final de la veintena, que no solo el trabajo, la vida es un juego, y debe serlo hasta el final, aunque un día te pongas la levita y otro día el calzón corto.
Y digo esto, digo todo esto, porque a través de estas páginas también juego, juego con vosotros, los que me leéis, los que me usan para vender sus productos en Taiwan y se han equivocado de página, con los que piensan que detrás de este juego hay un erudito, o que la gran desgracia de las letras españolas es que no me haya dedicado a escribir de una puñetera vez el Quijote, pero esta vez bien escrito, que a una sola mano solo se escriben chapuzas, y con Lope de Vega llenando teatros, encima te pones nervioso y pasa lo que pasa.
Y no, estáis leyendo a un niño talludito, que diría mi abuela, que intenta provocaros a cada momento para que el juego continúe, que en caso contrario el niño se amuerma, o le sale la parte sádica, y se dedica a poner petardos en las colas de los perros, y eso, todos sabemos que no está nada bien.
Pero ni en la técnica de la provocación soy un experto, que no quiero serlo en nada, que luego viene alguien y empieza con esa cosa de los protocolos, de la profundización en la técnica de la provocación, y acaba criticándole a uno, y a los niños no se les puede criticar, porque no entendemos ese palabro, como mucho, a los niños de mi generación se les daba un pescozón o se ganaban una bronca monumental seguida de un castigo que iba desde dejarte sin postre, a no llevarte el miércoles al cine de barrio a ver “Horizontes lejanos” y “Cuando ruje la marabunta”, en bonito programa doble de cine de barrio, de esos que se alfombraban con cáscaras de pipas de girasol.
Y como niño disperso, vaya desde aquí mi admiración hacia los que han sido capaces de seguir la escondida senda por donde han ido- los pocos sabios que en el mundo han sido, que todas las opciones son admirables, sobre todo si se realizan con ese convencimiento que va dando el cúmulo de pasos realizado.
Y sigo aprendiendo de otros niños que voy conociendo, de distintas edades claro, que eso de la niñez no es cosa exclusiva de los impúberes como me gustaría haber demostrado hoy, porque el aprendizaje, aunque sea en titulares, como Mr. Chance, es chuli que te cagas, sobre todo si en cualquier momento puedes dispersarte porque el vuelo de una mosca te ha hecho ver la refracción de un rayo de sol en un vaso de agua, y de pronto al ver ese mini arco iris te crees el gran físico del año.
¿Jugamos?

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