Viaje a la India, continuación.

 

La bella imagen del Tahj Mahal la ha difuminado tanta miseria, tanto abandono de un tesoro imposible de olvidar una vez te has quedado como un pasmarote viendo desde el jardín de acceso la imponente mole de mármol blanco impoluto, salvo por las cagadas de las palomas.

Trece años después aún tengo en la retina la impresión que me dejó aquel cúmulo de impactos sensoriales que supuso mi paso por Agra. También supe en aquel momento que seguramente no volvería a pisar aquellas tierras, fueron demasiados años soñando con la leyenda del túmulo del amor eterno, cuando la realidad es que te enfrentas al fracaso de la ambición de un mogol, y al abandono de las generaciones que le siguieron.

Así que, no me costó demasiado esfuerzo volver a subirme en uno de esos ruidosos trenes que parece van a descarrilar de un momento a otro, como efectivamente pasa muy a menudo por esas tierras. Mi departamento en el que viajábamos varios extranjeros, y ningún hindú, destartalado y sucio, como corresponde, pero cómodo en comparación con las sombras que veía viajar en el techo de los vagones.

Rindo viaje en Jaipur, una bella ciudad/ciudadela roja como las arenas del desierto que la rodea, me recibe como toda la India ha ido haciendo a lo largo de mi viaje, con miseria y suciedad rodeando a la opulencia de un pasado que sigue abrazado a sus palacios y sus fortalezas.

Y así ves al encantador de serpientes, que agradece a su dios el haber recibido el don de que la cobra quiera estar con él, y así gracias a las limosnas poder seguir adelante hasta que se muera la cobra, hasta que la cobra le mate, o hasta que el diablo quiera, todo en manos de Shiva, todo en manos de Ganesh, todo en manos de Brahma, de Indra, de Visnu…

Que al final la cosa se arregla en la próxima encarnación, o no.

Y la muchedumbre por todas partes, se mezclan el taxi a pedales con el conductor de elefantes, sorteas (si puedes) la última plasta soltada por la vaca de turno, y piensas que tras estas experiencias, el sentido del olfato nunca volverá a ser el mismo

Ni el de la vista, que el cromatismo que te regala esta tierra es, como todo en ella, excesivo sobrepasa la paleta de cualquier pintor, es un mundo diferente, es otro planeta, son seres diferentes, y dignos de admiración, dicho sea de paso.

La arquitectura de la ciudad que es relativamente moderna me pareció razonable (pocas ganas tengo de describir la cosa), pero quédense sus gracias con ese cuento, que me maravillaron los palacios de los rajás, el palacio de los vientos que se dedicaba a las concubinas, siempre detrás de celosías, mármol por todas partes, jardines de agua limpia y fresca para los amos, las mil y una noches dentro de los palacios, y el infierno fuera.

En la bitácora de aquel viaje se repite día tras día el hecho de que la belleza que me ofrece esta tierra se destruye a cada paso con la miseria y la suciedad que lo impregna todo. No lo sé, pero quizás es el calor agobiante que me está acompañando el culpable, el termómetro baja con dificultad de los cuarenta grados, y es otro de los ingredientes que te impulsan a reacciones negativas.

Las carreteras es el otro ingrediente de esta tierra que saca de quicio a cualquier occidental domado tras decenios de multas, parece que se circula por la izquierda, fruto de la tradición romana, traída aquí por el Imperio Británico, pero no es una norma, es una tendencia, con lo que el caos está servido, ya que normalmente hay más tráfico que calzada, hay animales sueltos, hay vehículos de todo tipo, incluídos los coches. Yo siempre he pensado que para nosotros el mayor peligro en los viajes es el relacionado con el transporte.

Sigo mi viaje a través del desierto del Thar hacia Bikaner, son más de trescientos kilómetros de polvo, tráfico, baches, sustos…pero llegas, como el señor obispo, “rota, hija, estoy rota”.

La ciudad es un punto en medio del desierto, que se vió favorecida por el tráfico de caravanas, y estuvo bajo el dominio de los señores mogoles y por el turco. La fortaleza de Junagarh es realmente impresionante. Es como si el señor de la fortaleza quisiera dejar claro que su intención es masacrar desde las alturas la vida de su pueblo, que disfruta a cuarenta grados de las cloacas a cielo abierto. Es un salto al pasado, no sé a qué siglo, pero muy atrás, muy atrás.

Los perros y las vacas entre los puestos de comida, las ratas en las calles y en las habitaciones de los hoteles. Es lo normal, es la herencia de una saga de señores poderosos, del rajá que llegó a firmar el tratado de Versalles, que fue huésped de las casas reales europeas, y recibió en su palacio a la familia real inglesa. Recomiendo buscar referencias de este personaje, Maharaja Sir Ganga Singhji (Singh es la palabra usada en toda Asia para denominar al tigre), en donde podáis, especialmente en la British Enciclopaedia. Hay que escapar de estos personajes que dejan como legado fastuosos palacios y la más absoluta miseria a sus ciudadanos.

El sij que lleva mi coche se adentra en el desierto, de nuevo mis rezos por la salvación de mi alma, que no veo el momento da cambiar el peligro del asiento trasero del Peugeot, por el peligro de la cena que me espera en Jaisalmer, siempre que no se cuele una cobra en busca de dueño en la ducha de mi hotel.

Y la ciudad, la fortaleza está de nuevo enfrente de mí, otro enclave del comercio del desierto, enclave de caravanas, otro lugar de palacios amontonados, abigarrados, eso sí, sobre montañas de mierda, lo de cada día, la vida desbordándose y yo empeñado en no dejar que traspase los muros de mi burbuja perfecta, aislante. No debo quejarme demasiado de la actitud de los Maharajás.

Eso sí, de noche en el campamento fuera de la ciudad, y bajo las estrellas del desierto pude disfrutar de la música local. No hubo visitas de las concubinas de la ciudad, pero no importó, que no trabajo para ninguna ONG.

El viaje continúa para buscar la experiencia de la filosofía Ayurveda, que se supone va a llenar mi espíritu de paz, que va a arrancar las angustias que la desigualdad que llevo viviendo de forma tan cercana va a desaparecer. Así entre montañas, aparezco en una especie de hotel monasterio, minimalista, con luces tenues y música muy suave, si, de esa que te dice…meditaaa, meditaaa.

Pero a la hora de la cena lo que me ofrecen es una comida occidental, una carta de vinos y champagnes que para sí la quisiera el bueno de Alain Ducasse, muy Ayurveda, con flores en mi cama, con perfume en el agua de la bañera, todo muy puesto, todo muy artificial, todo muy de hostelería suiza…¡quién me mandaría a mí!.

Udaipur, me llamó la atención por la posibilidad que ví, desde Madrid, de alojarme en un hotel mítico, en medio del lago, el Lake Palace, y a fe que no me defraudó, que ya iba yo preparado con mi uniforme de brigadier británico, con mi chaqueta roja, dispuesto a ponerme ciego de gin tonics, y a fumarme un buen puro. No lo recuerdo, pero creo que cometí el error de buscar el lujo extremo, que se difuminaba en canto dejaba la barcaza que me dejaba en tierra para pasear por la ciudad. El palacio del Maharajá, era la última frontera.

Delhi de nuevo, esperar mi avión hacia Munich y Madrid, en la piscina de un hotel de negocios occidental (Intercontinental creo), compartiendo espacio con los monos que intentaban quitarte los cacahuetes del aperitivo mientras los perseguían los empleados del hotel con varas largas.

Pensé, para despedir el viaje y la experiencia, que los empleados hubiesen actuado igual si hubiesen en vez de monos sido parias en procesión los que se hubieran acercado.

Con su pan se lo coman

 

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