¿Yo robot?

 

 

Acabo de ver un capítulo de la serie, creo que inglesa, que bucea en las opciones de las nuevas tecnologías. Espejo negro se llama la tal serie, y su argumento me hace pensar más de lo normal, que no es mucho en mi caso, sobre lo inquietante que pueden ser las posibilidades del conocimiento que de nosotros han adquirido las redes sociales, y cualquier elemento de captura sobre nuestra vida disponible.

La cuestión es hasta qué punto tenemos una existencia fuera de la nuestra, y cómo puede utilizarse, replicarse, e incluso, incluso hacer una copia con todas las características que pensábamos nos hacían únicos.

Las informaciones que de nosotros hay dando vueltas pueden conformar nuestra personalidad, nuestras relaciones sociales, nuestra historia, nuestras aficiones.

Eso sin contar lo que de nuestra apariencia física (nuestro fenotipo, vaya, que el genotipo tiende a ser público) se conoce, y por supuesto de nuestra evolución en ese aspecto, nuestras fotos, nuestros movimientos están dando vueltas, nuestras reacciones a muchos estímulos externos, es decir la mayor parte de nosotros, incluidos nuestros datos antropomórficos, que hasta nuestro DNA es o puede ser público, Nuestras huellas dactilares ya están recogidas en los malditos teléfonos inteligentes.

Quiero decir que no parece demasiado complicado elaborar algoritmos de conducta que hagan que pueda replicarse nuestro pensamiento, nuestra forma de hacer, de entender y obviamente recrear un robot con nuestras características físicas.

Uno, en su falta de conocimiento, y a pesar del convencimiento de que aún esa cosa que llamamos alma no ha transcendido a las famosas redes sociales, o simplemente a las bases de datos, que almacenan todo y lo procesan todo, sigue pensando que no ha vendido su alma al Asmodeo de turno, pero su primo Mefistófeles no me ha dado el amor de Margarita, y eso me tiene aún en una cierta confianza. (A lo mejor por no estar en guardia ya me la han colado), pero parece que no, bueno, no sé.

Así, como en ese capítulo de la tal serie, si mañana reviento de la forma que sea y paso al Oriente Eterno, a lo mejor alguno de mis deudos recibe la llamada del comercial de una spin off de Caralibro, de Gramática instantánea, o incluso de los del Alphabeto, y le dicen a mi santa o a mis deudores, que por un pico de vulgar dinero pueden recoger todos mis datos, introducirlos en un software, y hacer reaccionar a un nuevo engendro de forma acorde a los estímulos que pueda recibir desde el exterior, como he dicho siempre que lo hacía en las redes sociales. Una bicoca.

Pero hay más, mi formación académica es bien conocida de estas bases de datos, y me temo que conocen hasta los días que hacía pellas y me saltaba la clase de botánica, y saben qué he leído, claro que lo saben, e incluso lo que he leído y no he prestado atención.

No voy a hablar de mis aficiones, que para eso está todo almacenado, y ya saben a donde he viajado, de qué forma, cuántas veces, con qué estado de ánimo, con qué compañía. Vamos, un verdadero desastre, o una bendición, que podrán incluir mis gustos en mi memoria almacenada.

No voy a entrar en temas sexuales o religiosos, aunque la cosa es también fácil, aunque quizás sean historias que uno no tienda a explicar de forma demasiado abierta en las redes sociales, pero hay de todo, y seguro que el pudor puede ser tratado por un algoritmo adecuado, y así cerrar el capítulo de lo que significa tu personalidad, para poder regular tus reacciones de la forma más precisa y adecuada posible.

Ciertamente al estar diseñando un robot, no es necesario que el cuerpo interior sea según las normas del cuerpo humano, con que la piel tenga al tacto la misma textura, el olor que te redondea la personalidad, los ojos del color original y el cabello con ese punto entrecano que tanto le gusta a tu santa, ¡hecho!.

Queda el tema del sexo, que a poco que el robot esté bien diseñado, estará siempre dispuesto, que no es moco de pavo, y con los susurros bien ajustados por el programa, los espasmos bien coordinados, y las palabras adecuadas, la cosa puede funcionar.

El añadir un sistema de envejecimiento de la envoltura adecuada a los deseos del propietario del engendro, y en el supuesto de que el fabricante no haya incluido un chip de obsolescencia temporal programada, puede garantizar el sueño del amigo para toda la vida, o qué bonito es envejecer juntos.

Los problemas morales que se me plantean cuando le doy vueltas a todo esto, son importantes, ya que de entrada, y eso ya no lo arreglo, todo yo está dando vueltas por ahí, al alcance de quien quiera pagarlo o utilizarlo, de forma parcial, total o extensa, con lo que si un día en el metro me encuentro conmigo mismo, sentado en el asiento que acostumbro a utilizar, me daré cuenta de que posiblemente alguien está pensando en eliminarme para tomar mi puesto en la vida. ¡Que el diablo le asista!.

Pero la realidad es que me temo hemos perdido toda posibilidad de seguir siendo individuos, como poco, nuestra individualidad estará replicada, de forma parcial o total, que eso poco importa, y nuestro pensamiento llegará un momento en que no será nuestro, haya o no un replicante de por medio. Ya me temo que entre la realidad y nuestra percepción hay actualmente infinita más distancia que la que percibían los chicos de la caverna que veían sombras. Las sombras al menos reflejaban la realidad de forma pobre, pero reflejaban la realidad, y hoy no sé si percibo la realidad o una invención virtual que me hace reaccionar en consecuencia.

Es este caso expuesto en la serie otra forma de transhumanismo, es decir la trasposición de los datos de un ser humano a un ente nuevo con su aspecto, pero sin su alma, o con un alma fruto de la elaboración de los datos que de ese ser humano se conocen. Y es que las bases de datos están también para eso, si alguien paga por su utilización.

Rezaré al dios algoritmo, al dios big data, y al dios del consumo, esa nueva trinidad a la que adora la humanidad, para que procure ensamblarme lo más correctamente posible, y que, por favor, lo haga cuando ya haya pasado al Oriente Eterno.

Que el buen Dios os bendiga

2 comentarios sobre “¿Yo robot?”

  1. Paso de replicantes
    Podrías empezar a leernos tus historias manuscritas los sábados y te las comentábamos en directo. O traer copias en papel de calco para leerlas en otro momento. Luego podrías lanzar alguna al mar en una botella para que le llegase a algún desconocido y mandar a los más allegados un par de palomas mensajeras, que son más de fiar que el Caralibro, aunque igual te la interceptan en las Glorias.

    ¡Me encanta leer tus artículos!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*